domingo, 5 de junio de 2011

El arquitecto y los obreros del sufrimiento


(Traducción de la revista 2001 # 63 de la SGI de Italia)

De  Roberto Minganti
<< ¡He recorrido innumerables existencias, buscando el constructor de la casa, y no lo he conseguido: sin embargo es doloroso volver a nacer cada vez! ¡Oh constructor! Ahora te descubrí, no volverás a construir la casa! Todas las vigas están rotas, el techo se derrumbó, al borrar todos los conceptos, el espíritu extinguió su sed>>. Esta afirmación – extraída del Dhammapada (153-154), una de las más antiguas escrituras budistas – es el grito con el cual Shakyamuni se dirigió a Mara, el demonio constructor del sufrimiento en la vida, que quería impedirle de lograr la Budeidad.
Mara personifica el aspecto negativo de la vida, nombradas también “aflicciones mentales”. La literatura budista presenta una gran riqueza de variedades y clasificaciones de las funciones negativas: en el Abhidharma- un texto fundamental de psicología budista- están catalogados 51 factores mentales importantes: aproximadamente 25 son negativos, los demás positivos. Entres los negativos tenemos la ilusión (u ignorancia que conduce a una percepción equivocada); el apego (el deseo egoísta de satisfacer la propia avidez); la ira; el orgullo (en el sentido de sentirse falsamente superiores a los demás); las ideas equivocadas (juicio equivocado de la realidad); la duda (la incapacidad de tomar decisiones); la envidia; la flojedad; el sueño.
El método utilizado en el Abhidharma es aquel de analizar cada momento de la mente y el fluir continuo de todos estos momentos. Nuestra experiencia subjetiva, entonces, se define instante tras instante, es esto lo que determina “...aquella experiencia” no viene del exterior – o sea no es el objeto de la experiencia lo que determina la experiencia misma – mas la condición interna del ser humano.
El concepto de los diez ejércitos del demonio, entonces, no nace de la nada, sino como una de las tantas clasificaciones aparecidas en el tiempo. Se piensa que haya sido creado por Nagarjuna que en el Daichido-ron ( Mahaprajnaparamitashastra) separa los demonios en dos categorías: internos y externos. Los diez ejércitos pertenecen a la primera categoría.
Nichiren Daishonin hizo suya esta cita y  en la Carta a Bendono Ama afirma: << El Demonio del sexto cielo, atacando con sus diez ejércitos, combate en el mar del sufrimiento en contra del devoto del Sutra del Loto por el dominio del mundo>>.
“Dominio del mundo”, significa dominio sobre los demás: << En nuestra vida – escribe Daisaku Ikeda – la felicidad que obtenemos por la afirmación de nuestro control sobre la naturaleza y sobre las demás personas tiene un carácter diabólico. Hay un demonio en todos los deseos, pero la máxima manifestación de esta esencia del mal en la vida humana es nuestra necesidad de controlar y dominar a los demás>>.

Las trampas ocultas

Toda la enseñanza Budista rueda alrededor de los medios para transformar el sufrimiento: además de un comportamiento éticamente correcto, el Buda propuso la meditación como fundamento para el control de las funciones negativas que impiden el logro de la Budeidad y obscurecen la mente.
Cuando hablamos de mente se entiende el binomio mente/corazón más que las facultades intelectuales en sí, y el Budismo no hace referencia a una entidad, a una ánima o a un Yo que vive en el interior del cuerpo de manera independiente y separado de todo lo demás.
Se habla más bien de una red compleja que vive y se modifica incansablemente en las relaciones con el cuerpo y con el ambiente.
Si observamos con cuidado nuestras experiencias espirituales podemos ver que, al igual de las experiencias relacionadas con  el aspecto físico de la vida, están sujetas al principio de causalidad. Cada pensamiento producido en cada instante (ichinen) esta ligado al anterior y produce el siguiente. En el continuum que se viene creando puede esconderse la mayor trampa, en el sentido de que es muy complicado regresar a la causa responsable de nuestras desarmonías internas.  Sin embargo algo que debe quedar claro es que: todo nace desde el interior. Aunque nuestra mente/corazón es una red  que envuelve el exterior, y junto a él se modifica, al final todo regresa adentro.
Podemos experimentar muy fácilmente como hasta una situación ambiental positiva y tranquila, podría no ser  satisfactoria para alguien que se encuentra en una condición de vida de sufrimiento. Por ejemplo un agudo dolor en un nervio de un diente hace que  toda nuestra atención existencial se concentre en aquel punto de la boca y cualquier otra cosa pasa a un segundo plano. Por lo contrario una persona con una elevada condición de vida logra ser feliz hasta en un ambiente hostil y lleno de incomodidades.
Hablar de funciones negativas y de demonios, sin embargo no debe llevarnos a considerar tales aflicciones como la verdadera naturaleza de nuestra vida. Nuestra verdadera esencia, la realidad última, no es negativa: no existe un pecado original. Se podría decir que nuestra esencia está recubierta y oscurecida por las funciones negativas. Tal condición podría parecernos irreversible, considerando la fortaleza de los apegos, si la mente no poseyera la facultad de observarse a sí misma. Sobre el tema de la “mente que se observa”, los filósofos budistas han discutido largamente y Nichiren Daishonin, por su cuenta, nos habló de kanjin – observar la propia mente y ver en ella los diez mundos. T’ien-t’ai, del cual Nichiren tomó gran parte de su teoría, había catalogado una por una todas las ilusiones, llegando a un número de 106. El Daishonin no se quedó mucho en las clasificaciones, mas trató sobretodo de hacer entender el origen de las funciones negativas haciendo referencia al Demonio del sexto cielo como a una matriz del todo. El control de la mente – en sus enseñanzas – se activa con la entonación del Daimoku (la actuación practica de kanjin) lo que permite no solo una “clara visión”, sino la obtención de aquella fuerza vital  tan necesaria  a los Bodhisattvas para poder actuar en el mundo.
<<En las enseñanzas del Buda – escribe Daisaku Ikeda – siempre encontramos la indicación de que "una persona debería ser dueña de su mente mas que dejar que la mente sea su dueña". Esto significa tanto  no dejarse controlar por los impulsos negativos de la avidez y de la violencia, como no tratar de extinguir nuestros propios deseos naturales fuera de toda lógica. Dueños de nuestra propia mente significa mas bien el guiar y orientar correctamente las tendencias potencialmente destructivas, hacia la creación de valor; significa cultivar la sabiduría que está en lo más profundo de nuestra vida y que se manifiesta sin algún límite solo cuando estamos actuando con una determinación llena de compasión dirigida a servir el género humano, a servir la gente>>.
Para  quien ha hecho de la compasión su estilo de vida, debería ser importante el mantener una constante vigilancia y control sobre sus propias funciones negativas, sobretodo en los momentos en que vive en contacto con el mundo (dando por sentado que el momento meditativo es necesariamente antepuesto a las labores de control y transformación de las mismas funciones negativas).
Pero la compasión encuentra su peor enemigo justo en el interior de la vida: en el egoísmo, entendido como suma de todas las aflicciones mentales. Shantideva (uno de los más importantes autores de la escuela mahayana, VII siglo d.c.), en su Bodhicaryavatara (estilo de vida de un Bodhisattva) explica que nuestros principales enemigos residen en la mente/corazón: apego, celos, envidia, avidez, duda...
<< Enemigos como el odio y la avidez no tienen ni brazos ni piernas, no son valientes ni sabios porque entonces me hicieron esclavo?
Ya que mientras residen dentro de mi mente a sus antojos puede hacerme daño sin embargo yo pacientemente, sin ira los aguanto.
Pero en este caso tener paciencia es impropio y deshonroso>>.
Odio, ira y sentimientos similares, muy a menudo aumentan la sensación de omnipotencia  hacia los demás y parecieran hacernos sentir bien, dan seguridad. Se presentan bajo falsas semblanzas y engañan. La metáfora del demonio es en realidad una “metáfora del engaño. Mara, el arquitecto del sufrimiento y Demonio del sexto cielo, para distraer a Shakyamuni de la meditación que lo estaba llevando a la Iluminación, le manda primero sus hijas Voluptuosidad, Sed y Apetencia, después llega él en primera persona. En Carta a Misawa  Nichiren Daishonin ofrece una ulterior descripción figurada del Demonio, ampliando la perspectiva: <<La séptima grande dificultad es el Demonio del sexto cielo. Si un común mortal del Ultimo día de la Ley ha entendido el significado de todas las enseñanzas del Buda y de la grande doctrina del Maka shikan, y esta a punto de lograr la Budeidad, el Demonio del sexto cielo, viendo eso se asusta y dice: “Esto es deplorable! Si le permito quedarse en mi dominio, este no solo se liberará del ciclo de nacer y morir, si no que conducirá también a los demás a la salvación. Además se ha adueñado de este reino y transformará mi tierra en una tierra pura. ¿Que puedo hacer?”. Entonces reúne todos sus súbditos de los tres mundos del deseo, de la forma y de la no-forma, y le ordena: “Vayan a engañar a ese devoto, cada cual según su habilidad. Si no lo pueden lograr, entren en la mente de sus discípulos, de sus sostenedores  y de la gente de su pueblo y traten de aconsejarlo o intimidarlo. Si eso también falla, bajaré yo personalmente y trataré de hacerlo desistir entrando en el cuerpo y en la mente de su soberano. De alguna manera debemos pararlo”. Así decidieron todos juntos>>.
Reconocer, descubrir “el engaño” es la acción más importante: una vez reconocido, Mara pierde su poder. De la misma manera, una vez reconocidas, nuestras funciones negativas pierden su virulencia y su naturaleza (que se alimenta solo de engaño). Es fácil decirlo, pero cuando nos encontramos en ese fluir de pensamientos/ sensaciones – pensamientos/reflexiones – pensamientos/etc. Se vuelve una de las acciones más difíciles, porque nosotros  debemos reconocer, develar a nosotros mismos y transformar dentro de nosotros la naturaleza demoníaca de nuestra  vida.

Enemigos internos y externos

Hay una diferencia entre enemigos  externos y enemigos internos: un  enemigo externo posee la característica de la relatividad: puede serlo ahora y, al rato ya no. Cambia   con  la transformación de las condiciones que lo hiciera tal: por ejemplo una buena dosis de gentileza y paciencia pueden transformar una persona que nos odia,  en un amigo. El enemigo interno viceversa siempre queda allí, y si nadie lo molesta se refuerza, y cuanto más lo dejamos tranquilo más aumenta su potencial destructivo. Podemos imaginarnos la guerra con un enemigo externo: hay seres humanos  que se combaten, armas convencionales que se enfrentan, armas nucleares en espera de desencadenarse. Cualquier operación diplomática, cualquier búsqueda de equilibrio, cualquiera barrera física no podrán jamás proteger a nadie si las personas que organizan las guerras no cambian su disposición interna hacia la violencia. También la UNESCO subraya este aspecto en su lema: <<La guerra nace en el corazón de los seres humanos>>.
Una vez mas el destino de la humanidad nace de un cambio interno. Esta verdad tan sencilla es la más difícil de hacer propia, la más escondida.
El desarrollo científico nos ha permitido crear medios eficaces para dominar la naturaleza, pero no hemos analizado suficientemente la capacidad humana en controlar estos medios: <<En esencia – afirma el prof. Robert Thurman experto en Budismo de la Columbia University – nuestra capacidad de condicionar la realidad exterior ha superado largamente el poder sobre nosotros mismos. Este es el punto clave>>.
Otra  vez Shantideva:
Aunque todos los dioses y semidioses se alzaran en contra de mí como enemigos, no podrían ni conducirme ni lanzarme entre las rugientes llamas del más profundo infierno.
Pero el potente enemigo, las ideas que me turban, en un instante pueden lanzarme entre aquellas llamas dentro de las cuales ni siquiera las cenizas del rey de las montañas quedaran intactas;
[...] Si con cordialidad rindo honores y confío en los demás ellos nos trajeran ventajas y felicidad sin embargo si  confío en estas ideas perturbadoras, en el futuro esas me traerán solo infelicidad y mal.
Ser gentiles con los “enemigos externos”, entonces, trae resultados positivos, serlo con los enemigos internos en cambio trae solo destrucción. <<Ser estrictos consigo mismo y gentiles con los demás>>, recomienda  Ikeda. Severos consigo mismos – en el Budismo del Daishonin – significa exactamente controlar los demonios de la mente, y no caer en prácticas ascéticas. Y podríamos considerar como un demonio también la superficialidad con la cual nos acercamos a estas temáticas. Como por ejemplo la conflictualidad gratuita,  presente también entre los miembros de la Soka Gakkai: sale espontáneo preguntarse dónde habrán ido a parar los elementos básicos que deberían distinguir un budista: por ejemplo, el  echar un vistazo dentro de uno mismo antes de agredir otra persona, de pensar mal de esta y/o de hablar mal de ella. La severidad, tiene validez solamente si es hija de la compasión, de otro modo es una vulgar emanación del ego y produce graves daños. Ningún maestro budista hasta hoy conocido se ha alejado jamás del gran río de la compasión.
Para ganarles a los enemigos internos, entonces, no se necesitan músculos, si no la fuerza del Buda, y en el Budismo la Compasión nunca esta separada de la Sabiduría, entendiéndose también por sabiduría un estilo de vida ético, el saber disciplinarse y el dirigirse hacia la condición vital del bodhisattva.
Nichiren Daishonin escribe, en Infierno y Budeidad: <<Las palabras de un sabio del pasado: “Basa tu mente en la novena conciencia y tu práctica en las seis conciencias” son perfectamente exactas>>.
La Compasión entonces es un valor que debemos reconfirmar  en nuestra vida a cada instante: es compasión presentarse ante “el otro” controlando mis pasiones negativas.  La realidad nos enseña (a los que quieran aprender) de que las personas necesitan afecto para desarrollarse plenamente como seres humanos: el crecimiento de los niños es un buen indicador de este fenómeno.
Shantideva llegaba a considerar los enemigos exteriores como los mayores promotores de nuestra gentileza y paciencia (paciencia entendida también como firmeza...); de igual manera se puede llegar a comprender también las motivaciones de nuestro peor enemigo:

Si aunque estuviese en la naturaleza de los infantes el hacer daño a los demás seres, sería igualmente errado enojarse con ellos.
Seria como tomársela con el fuego por tener la naturaleza de quemar.

Fukyo, el bodhisattva del Sutra del Loto que “no despreciaba jamás a nadie”, inclinándose frente a la potencial Budeidad de todos aquellos que encontraba, en realidad se reverenciaba también a sí mismo: <<Cuando el bodhisattva Fukyo reverencia los demás – explica Ikeda – la naturaleza de Buda de los demás lo reverencia a él mismo>>.
Probablemente esta es la mejor respuesta que nuestra vida puede ofrecer a la parte oscura de sí misma.























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DESEO
                                  De  Luca Pouchain

El
Riesgo de las
oportunidades
<<Resolver el problema de los deseos, es sin duda una labor para toda la vida>> escribe el presidente Ikeda, resumiendo en pocas palabras un tema fundamental para el Budismo. El deseo posee una fuerte energía que puede ser utilizada para el progreso individual y colectivo. Cero represión entonces y más bien conciencia y transformación.

 
 






Oscar Wilde declaraba  poder resistir a todo menos a las tentaciones. Las “tentaciones”, entonces parecerían ser el origen y la causa de los deseos. Lo que deseamos dependería de un evento externo que al comienzo se ofrece persuadiéndonos  convincentemente para después  arrollarnos.
Este concepto viene completamente invertido en la filosofía budista. Los deseos nacen en el interior de la vida, por las necesidades, por las presiones, por los instintos y condicionan las vidas individuales hasta el punto de poder ser considerados una de las principales causas del sufrimiento humano. Sin embargo son, como veremos, controlables por el individuo, que es responsable de ellos.
En el Budismo mahayana, y en particular en las enseñanzas de Nichiren Daishonin, se habla de “transformación”. En cierto sentido el deseo puede ser visto como un obstáculo para el que quiere lograr la iluminación en el transcurso de su propia existencia. No por casualidad es el primero de los “ejércitos del Demonio del sexto cielo”, o sea, la primera entre las funciones de la “obscuridad fundamental”. Y, es evidente, el “peligro” potencial que representan los deseos. Para el que quiera desarrollar su propia naturaleza positiva y preocuparse, al mismo tiempo, por la felicidad de los demás, el apego a los impulsos egoístas representa la tendencia diametralmente opuesta; por lo tanto, la principal función negativa en obstaculizar la realización más verdadera y profunda de uno mismo. El deseo no solo es clasificado como una función (“el primer ejercito”) del Demonio del sexto cielo, si no también es definido como bonno-ma (japon. Bonno: ilusión, ma: demonio) uno de los cuatro Demonios del que habla Nichiren. Al mismo tiempo sabemos que obstáculos y demonios, problemas y dificultades, sufrimientos y deseos, como todas las cosas de la vida, no pueden ser consideradas, absolutamente, un mal de por sí. Las causas de las circunstancias  en la que vivimos están presentes en la profundidad de la vida de cada cual; si lográsemos reconocerlas y utilizarlas, podríamos transformar cualquier peligro en oportunidad.
Para realizar esta empresa, que podría resumirse en: aprender el arte de vivir vidas largas y realizadas; hay que entender la verdadera naturaleza de los demonios y de los deseos.
Antes de utilizar algo, de hecho, hay que conocerlo.
Cualquier dificultad, problema,  o cualquier cosa que provoca sufrimiento, puede ser ubicada en una de estas categorías: “obstáculo” o “demonio”. Ambos pueden presentarse como aspectos fenoménicos externos, sin embargo en última instancia, dependen del Karma: o sea son entonces limitaciones internas.
Los obstáculos representan dificultades que interrumpen los caminos, espirituales y materiales, pero, pueden ser superados con esfuerzo, voluntad y sobre todo a través de la práctica budista. Y, ya que aprender a superar obstáculos nos hace más fuertes, estos últimos se vuelven una oportunidad de mejoramiento.
Los demonios por otra parte, bloquean totalmente la vida y el crecimiento y hacen retroceder. Sobre todo ponen en peligro nuestra fe. Por eso vienen también definidos como “ladrones de la vida”. Representan  algo que puede bloquear y “robar” las mejores potencialidades. ¿Cómo podemos, entonces, distinguir entre obstáculo y demonio?  En realidad, somos nosotros los que decidimos sí aquel problema, aquella dificultad o aquel deseo habrá que entenderlo en un sentido o en el otro. Son la determinación, la conciencia y la práctica budista las que determinan la calidad del “adversario”, permitiéndonos transformarlo y utilizarlo positivamente. La falta de conciencia y la pereza transforman cada obstáculo en una pared insuperable, dando pie a que el demonio controle la vida y bloquee el desarrollo y la reforma.
El deseo es un adversario traicionero, difícil de reconocer y utilizar. Al mismo tiempo representa una gran oportunidad de crecimiento. En “Los deseos mundanos son iluminación (bonno soku bodai)”, Nichiren sostiene que: <<Esta es la enseñanza más importante. Es la enseñanza de que “los deseos mundanos son (=soku) iluminación” y “los sufrimientos de nacer y morir son (=soku) nirvana”. Si se entona Nam miojo rengue kio, también durante la relación sexual entre un hombre y una mujer, los deseos mundanos se transforman en iluminación y los sufrimientos de nacer y morir en nirvana>>.
El deseo, si es utilizado correctamente, representa entonces un potente motor para el crecimiento personal. Otra vez Nichiren, en el Ongi kuden, enseña que aquellos que entonan Nam miojo rengue kio << queman la leña de los deseos mundanos para   reavivar la llama de la sabiduría iluminada frente a sus ojos>>. Pero para utilizarla primero hay que conocerla. O sea hay que conocerse a sí mismo. Desde un cierto punto de vista, de hecho,  cada uno “es” lo que quiere ser. La calidad del desear, la trama de los sueños, la fuerza y la grandeza de las aspiraciones determinan las características de una vida.
¿Pero, qué es el deseo? Con este término se puede calificar <<un sentimiento de búsqueda o espera tanto por la posesión de cosas materiales, como por el cumplimiento de lo que se ha entendido apto a nuestros propios gustos o exigencias>>. El deseo se define también como << la necesidad de algo o alguien, como también la avidez hacia algo o alguien>>.
La función negativa se revela en el momento en que nos volvemos esclavos del deseo. Cuando, en pocas palabras, quedamos encadenados a los apegos. Desde este punto de vista las personas permanecen “envueltas” por el objeto de sus propios deseos, que puede llegar a volverse, de alguna manera, un objeto de culto.
Por otra parte existe también una función positiva del deseo, representada  por la energía desarrollada por la expectativa. La búsqueda de la satisfacción de las necesidades propias y de la realización de los deseos que de ésa derivan, ha permitido grandes progresos a la humanidad en el curso de los siglos. Estando relacionados a las necesidades humanas, los deseos no pueden ser eliminados, ya que de alguna manera vendría anulada también la calidad humana. En sus Diálogos,  Toynbee e Ikeda coincidían en el hecho de que <<es inútil tratar de anular los deseos, hay que guiarlos hacia una dirección creativa  para la vida de los seres humanos, de la sociedad y del  universo íntegro>>.
En el concepto de Bonno soku bodai, la igualdad entre deseo e iluminación es  representada por el término Soku, que va entendido como un principio de transformación. Para T’ien-t’ai (chih-i) soku indica, desde un punto de vista teórico, dos cosas, aparentemente, opuestas  o contradictorias, que son en esencia, una sola cosa. Para Nichiren Daishonin, desde un punto de vista practico, << ...soku es Nam-miojo-rengue-kio. La vida del mortal común está llena de deseos e ilusiones pero, cuando él se dedica a la entonación de Nam-miojo-rengue-kio, su vida de mortal común se ilumina inmediatamente. Apoyándose sobre su emergente naturaleza de Buda, todos sus deseos vienen purificados y empiezan a actuar de manera natural para el beneficio propio y de los demás, sin perder su carácter de deseos>>. (Ongi kuden).
En otros términos, ya que las necesidades – aspiraciones y deseos – están estrictamente relacionados a la vida, transformando la calidad de estos últimos, no solamente se evita  quedarse esclavizados de los mismos, si no que se transforma también la calidad de la vida.
El Buda nos invita  a liberarnos de los apegos en cuanto ellos se vuelven cadenas que  aprisionan el corazón. Sin embargo no debe ser un acto de represión, sino más bien un proceso dinámico de transformación. Shakyamuni, de hecho, en el capítulo Hoben de Sutra del Loto confiesa haber utilizado “innumerables expedientes para guiar a los seres humanos e inducirlos a renunciar a sus apegos>>. Daisaku Ikeda aclara que “renunciar” hay que entenderlo como “erradicar”, o sea “iluminarse en relación”: para lograr la iluminación utilizando los propios apegos, no se deben erradicar los deseos, si no más bien<<observarlos con claridad, ya que la práctica budista nos permite comprender la verdadera naturaleza de nuestros apegos, y utilizarlos como fuerza motriz para lograr la felicidad. (...) Lo que importa es saber utilizar todos nuestros apegos en vez de permitir que ellos nos controlen; por consecuencia debemos absolutamente reconocerlos por lo que son>>. (D.Ikeda El capitulo hoben, Esperia, Milano, 1996, p.61).
Entonar Nam-miojo-rengue-kio para realizar nuestros propios deseos nos permite elevar la condición de vida y romper las cadenas del Karma. Esto nos lleva a conocernos mejor, mejorando el funcionamiento de los “cinco componentes” que constituyen el individuo. Ya que ellos ponen en relación individuo y ambiente, su correcto funcionamiento nos permite eliminar las ilusiones que cubren y distorsionan la percepción de la realidad.
De esta manera, removiendo las ilusiones, la iluminación puede emerger en la conciencia influyendo poco a poco en la manifestación de la voluntad, la concepción de la realidad, su percepción y la forma material del individuo. En fin partiendo desde el individuo (entendido como agregado temporal de los cinco componentes) llega a iluminar todo el ambiente en el que él mismo existe.
Para “limpiar” los cincos componentes es importante aclarar las propias metas y considerar la finalidad de las acciones que cumplen. Así será posible guiarse a sí mismos sin permitir que nos domine  el Karma - que gobierna instintos y pensamientos individuales – y más bien utilizarlo para construir la propia felicidad.
Para concluir: el proceso de transformación de los deseos en iluminación  consiste en trabajar para realizar la propia iluminación y la felicidad de todos los seres. En este proceso, que dura una vida, el punto de partida y de llegada es siempre la práctica budista. Un ingrediente esencial es representado por la esperanza de realizar las propias aspiraciones. <<Una vida sustentada por la esperanza es fuerte – explica Daisaku Ikeda – una vida sin esperanza lleva a la derrota. Tener expectativas es el poder de la vida de un individuo, y aquellos que acarician siempre maravillosos sueños son felices>>. (Budismo oggi, Esperia, Milano, 1993, vol.5, p.175).


 




 

 


























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TRISTEZA


Como                                                 
Me gusta la
Melancolía

Una total ausencia de esperanza, que se retroalimenta incesantemente, en un circulo vicioso que conecta inercia, auto-conmiseración y egocentrismo. Solo mirándolo en la cara podemos combatir a este enemigo interno, encontrando dentro de nosotros el valor  para actuar, la sabiduría para auto estimarnos  y el coraje para ser altruista.
 
 
















Si hay una cosa en común en la caleidoscópica variedad del género humano, como pudo constatar Shakyamuni hace muchos siglos, es el sufrimiento.
Cada persona, sin embargo tiene su propia y personal manera de sufrir: hay quién sufre con rabia y quien con pereza, quien se aferra tenazmente a su dolor y quien lo “olvida”, quien  lo consume en pequeños mordiscos y quien en cambio, lo devora  en pocos, infinitos instantes; y también hay quien logra encontrar en el sufrimiento un empuje capaz de transformar la inercia del dolor en una fuerza constructiva.
Si el sufrimiento nos une, entonces, la naturaleza del sufrimiento y la manera de reaccionar ante ella nos distingue los unos de los otros.
La tristeza, desde un cierto punto de vista, es una de las tantas maneras de reaccionar frente a las circunstancias negativas. Estar triste por ser sorprendidos por un luto, porque las cosas no van como hubiésemos querido, porque nos sentimos un poco solos y etc., es en conjunto del todo normal.

En este sentido, la tristeza es comparable con la que llamamos felicidad relativa: está determinada por algo que ocurre afuera de nosotros y está circunscrita en el espacio y en el tiempo. Ligada a un preciso evento,  posee, justo como el éxtasis, una naturaleza efímera y por ende tiene una corta duración.
Sin embargo, cuando la tristeza llena cada pensamiento y cubre todo lo que nos rodea, con la capa negra de pesimismo; alargando las horas en una infinita serie de dolorosos minutos, quitándonos la posibilidad de ver una salida y haciéndonos sordos a la voluntad de cambiar, entonces estamos experimentando una tristeza que podríamos llamar “absoluta” que, tal como la felicidad absoluta, nace dentro de nosotros y se irradia después hacia el ambiente.
Así como la felicidad absoluta es la manifestación de nuestra naturaleza iluminada, esta tristeza es la manifestación de nuestra oscuridad innata; esta es la tristeza que da el nombre al segundo “ejercito” del demonio.
En este sentido, la tristeza puede ser descrita como la total ausencia de esperanza. Porque más estamos tristes y más nos sentimos tristes. El problema ya no es el evento que lo ha “causalmente” originado; ni siquiera es el hecho de que estamos tristes. El problema... son por lo menos tres: la inercia, la auto-conmiseración  y, por consecuencia, el egocentrismo.
La inercia, porque – así como en la condición de vida de jikoku (infierno) – el demonio de la tristeza nos aprisiona en una especie de círculo vicioso: la negatividad de nuestros pensamientos nos priva de la fuerza vital necesaria para reaccionar; la falta de acción no hace hundir más aún en el pesimismo que, a su vez, “chupa” ulteriormente nuestra energía. Enyesados en nuestro dolor nos precipitamos en un túnel oscuro  de pasividad del cual somos incapaces de ver la salida, y muchos de nosotros hasta de buscarla.
La auto-conmiseración, porque en el fondo de nuestra tristeza nos regocijamos con cierto placer, por un falso y masoquista mecanismo de autodefensa: el pensar en mí y en mi situación me vuelve triste hasta conmoverme, y tener lástima de mí mismo se vuelve un alivio. En mis pensamientos, entonces, no hay lugar para más nada que no sea mi tristeza y, sobretodo, no hay lugar para más nadie que no sea yo. Este egocentrismo es una trampa: incapaz de preocuparme por los demás y por sus sufrimientos, mi dolor se vuelve el dolor más grande del universo y mi tristeza se vuelve la Tristeza.
Hay una sola manera para salir de la trampa: desenmascarar el demonio por lo que es.
El demonio de la tristeza es definido, como los otros nueve “ejércitos”, un “demonio interno”, ó sea una función presente dentro de la vida humana, y por eso es dentro de la vida humana que va combatido. No se trata de huir de la causa, removiendo la razón de nuestro sufrimiento, y menos aún de tratar de actuar sobre las circunstancias externas a nosotros, que son culpables de nuestra tristeza  tanto cuanto lo sería un vehículo que nos atropelle cruzando con una luz roja.
Se trata mas bien de intentar mirar desde el punto de vista de Nichiren Daishonin, el cual en una carta dirigida a los hermanos Ikegami escribió: <<La doctrina de ichinen sanzen es particularmente profunda. Si la propagan los demonios seguramente surgirán. Si no fuera por ellos no habría manera de reconocer que esta es la verdadera enseñanza>>.
¿Si no hubiese estado profundamente convencido de esto, cómo hubiese podido, desde el exilio en Sado, declararse la persona “más rica” del Japón si no poseía nada mas que a sí mismo, y proclamar su “felicidad sin limites”?.
Existe una sola manera para desenmascarar un demonio: enfrentándolo. Entonces es posible mirar más allá de la tristeza y encontrar en sí mismo  la fuerza para transformar la inercia en acción, la auto-conmiseración en autoestima y el egoísmo en altruismo.
Llevarlo a cabo es, a menudo, más fácil que imaginarlo: porque para imaginarlo seria necesario ser capaces de producir pensamientos positivos, cosa que, si estamos verdaderamente tristes, se nos hace imposible, mientras que para hacerlo es suficiente decidir  buscar en nuestro interior la naturaleza iluminada, entonando sinceramente Daimoku. De esta manera, aquella misma tristeza que nos impedía actuar, tener esperanza y sonreír, se vuelve el medio para aprender a ver las infinitas posibilidades que se esconden más allá de las dolorosas apariencias.
Como siempre, la amplia perspectiva a través de la cual el Budismo explora la vida, no acepta la existencia de bolsas de basura ni siquiera para el demonio de la tristeza. Lejos del camino de la consolación, lo que el Budismo nos propone es una larga aventura a la conquista de la felicidad. Una aventura que, entre obstáculos y tropezones, sonrisas y lagrimas, a veces se asemeja más al tortuoso recorrido de una  infinita yinkana campestre que a una autopista de tres canales con salida  en “felicidad-norte”.
 Una historia Budista cuenta que Aniruddha, uno de los discípulos de Shakyamuni, durante un sermón de su maestro se quedó dormido. Profundamente mortificado, hizo el voto de no dormir más nunca y a causa de eso se volvió completamente ciego.
Un día Aniruddha  quería coser una raja en  su túnica, pero a causa de su ceguera no lograba enfilar el hilo en la aguja.
<<¿Hay alguien dispuesto a ayudarme? – Preguntó a las personas que estaban cerca de él – Ayudar a un budista les hará acumular beneficios>>.
<<Quisiera tener yo el privilegio de acumular fortuna>> dijo alguien. Aniruddha reconoció la voz de Shakyamuni.  << ¿Pero cómo?, -  pregunto con asombro – ¡Tu que eres el Honrado por el mundo seguramente no necesitas recibir beneficios!>>.
<<Te equivocas – contestó Shakyamuni -  nadie más que yo busca la felicidad>>.
La moraleja es, que la búsqueda de la felicidad, como cualquier otra búsqueda, no puede jamás considerarse concluida.
Si los seres humanos se hubiesen considerado suficientemente felices y satisfechos el día en que descubrieron el fuego, la historia de la vida no hubiese llegado tan lejos. En cambio el género humano, si bien a través de hechos controversiales, llenos de luces y de sombras, de lágrimas y de sangre, ha continuado buscando la felicidad y ha continuado cambiando su idea de la felicidad.  Análogamente nuestra vida no puede y no debe pararse, ni frente a la tristeza ni frente a la alegría. Acaso Nichiren Daishonin no escribió a Shijo Kingo: << Sufre por lo que tienes que sufrir y alégrate por lo que hay que alegrarse>>, exhortándolo a considerar tanto la tristeza como la alegría como inevitables “hechos de la vida”, que cada ser humano es capaz de probar  pero que también es capaz de superar. Encontrar la felicidad, entonces, no significa sacudirnos una vez por todas al demonio de la tristeza, si no más bien, transformarlo en una función positiva, en una cualidad positiva: la capacidad de probar tristeza.
Aquel que no es simplemente triste si no más bien,  es capaz de experimentar la tristeza, puede encontrar en ella una potente fuerza creativa.
El arte, por ejemplo, en cualquier época, está un poco endeudado con la tristeza, insignia de artistas y movimientos, que en ella han encontrado la idea inspiradora para crear óperas que hoy podemos apreciar con alegría y, no seguramente con tristeza.
Sobretodo, la tristeza es la gran “represa” del cinismo y de la indiferencia: aquel que no está en condiciones de probar dolor, no puede comprender el sufrimiento de los demás y mucho menos preocuparse por ellos; y el feliz egoísmo de pocos sería letal para todos.





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HAMBRE Y SED
                                 De  Vladimiro  Conti
 
El sabor 
De la
Ley mística                                                                 

Es que muy a menudo ya no parece aquella amiga que fastidiaba amablemente el ichinen para recordarnos de estar vivos.
La historia del mundo es la historia del hambre. Que seguramente ha estimulado la civilización, ha sido la razón histórica de genero humano, pero puede también volverse un “agujero negro” alrededor del cual, todo el ser, parece recogerse y  precipitarse. La peor de las enfermedades, como se lee en los textos antiguos. Por otra parte, como dijo Nichiren, << ningún tesoro poseído por el ser humano es más precioso del alimento y de las bebidas...>>. Porque sirven parta proteger la dignidad de la vida.

Es diferente. Probablemente porque nace de una incomodidad interna, de una infelicidad que nos ilusionamos de poder aplacar con alimento. O porque busca imprevistamente aquel mínimo de sobre-vivencia a la cual la miseria da el sabor de lujo. Cuando desborda mas allá de las propias necesidades, entonces. O si reside en un cuerpo reducido  a existir en treinta kilos de carne. Y es la sola emoción, la más desesperada, obsesiva. Un agujero alrededor del cual todo el ser parecería reunirse, precipitarse.  Y si se adueña de todo subyuga cada uno de los sentidos, impone una animalidad primordial, hasta llegar al carácter monotemático de las formas de vidas más elementales.
Y entonces se tiene más hambre. Se es hambre. La “peor de las enfermedades” como se lee en las antiguas escrituras.
Aquel demonio que ensancha siempre, por su naturaleza, la propia jurisdicción,    que   pareciera     querer devorar el mundo entero de los fenómenos. <<La obscura  hambre sin fin>> del      Purgatorio dantesco, la voracidad monstruosa de Shodainnyo, la madre del Bodhisattva Mukuren,  atormentada, devastada en el cuerpo y en el espíritu. Un monstruo de cuello delgado y estomago oceánico, al cual el hijo no logra dar consuelo. <<Solo con el Sutra del Loto podrás liberarla...>> lo advierte Shakyamuni. Y aquel Sutra, como se sabe esta constantemente  asediado por los demonios.
El Demonio del sexto cielo, escribió Nichiren, <<Para ofuscar la Budeidad, que es la verdad de las personas, las induce a tomar el vino de la Avidez, Ira y Estupidez, le sirve solo platos envenenados que los dejan postrados en el terreno de los tres malos senderos>>.
El hambre, que desde el vientre sube hacia la mente, nace junto a la vida, de hecho es su compañera inseparable.
Al comienzo era el perfume, el sabor materno. Cuando el alimento tenía inclusive una voz, una caricia, un abrazo y el hambre era juntarse al calor del seno, único testimonio del mundo, esencia, totalidad, universo suave, generoso. Después empezó a cargarse de diferentes emociones, el hambre, cuando se escuchaba asustado de cuales eran las incontables penurias que vivían los niños malos que no comían todo, o que comían demasiado. Alguien  sumaba nuevas voces a aquel dialogo intimo entre estomago y mente, ya de por sí tan aclarecedor de la naturaleza humana y  muy pronto revelador de los miles de mecanismos con los cuales enfrentamos las cosas, ó sea la relación con nosotros mismos.
Llego al fin el día en que el espacio físico del hambre, el <<odioso vientre>> del cual se quejaba Ulises, comenzó a hospedar junto a su nutrimento,  o más bien en lugar de esto, otra emoción, no menos fuerte también ella primordial, sin embargo, que se acompaña al hambre no solo durante las guerras, las carencias, la pobreza, y el desempleo: el miedo. Miedo que se apodera de mil conexiones nerviosas y hormonales.
Y entonces aquel vientre se vuelve un laboratorio mucho más complejo, donde ocurren oscuras alquimias, y en las cuales convergen emociones incompresibles e inconfesables, el espacio secreto, las entrañas desde  las cuales Kant logro hacer emerger cualquier tipo de desorden mental. El nicho en el cual se consume el más extremo de los sacrificios, aquel misterio que hacia santas o brujas, y que hoy es el malestar conocido, o desconocido, como anorexia......
<<No es el ayuno – advertía Shakyamuni – que puede purificar quien no ha podido superar el deseo>>. Aquí esta la  fascinante relación de atracción o disgusto, entre el ser humano y sus alimentos, la razón secreta para la cual se aprecian ciertas cosas en lugar de otras, el “coeficiente metafísico de cada alimento”, como lo llamaba Satre, se pierde en aquel lugar mental donde  no se consumen  alimentos si no  símbolos, y que elabora, digiere, trabaja incansablemente el hambre.
La historia del mundo es la historia del hambre. Que seguramente ha estimulado la civilización, que ha sido la razón histórica del genero humano, el motor de su relación con el ambiente, de sus migraciones, de la búsqueda de los lugares en los cuales vivir, y en los cuales cultivar la vida, o de los cuales a veces hacerla huir para siempre para después seguirla y perseguirla de nuevo.
Un hambre compartida en familia, en lo social, momento de expresión comunitaria, alegre, dichoso, hasta que haya con que satisfacer el hambre. Hasta que se tenga comida para satisfacer al hambre.
El hambre sencilla del vagabundo o el hambre compleja del sedentario, el hambre que produjo la cultura, riqueza, habilidad, conciencia. El hambre bella, que a veces empuja a ingeniársela, que alimenta la evolución, que ya no es solamente una elemental actitud para rellenar, sino hambre que escoge su alimento.
Hambre libre, en la cual  selección, medida, y modalidad de nutrición se vuelven una elección existencial.  El hambre transformada en sabiduría, maestría. El hambre en la cocina, porque el tratamiento de los alimentos representa una ulterior  relación entre los seres humanos, y es hambre que gobierna su alimento, que lo acompaña desde los tiempos de los tiempos a través de relaciones simbólicas, desde las cantinas, aberturas hacia abajo dentro de la tierra, a la chimenea, abertura hacia el cielo, pasando por el fuego, elemento prometeico, su horno, miniatura infernal, pero también elemento intermedio, que transforma el crudo en cocido, vientre materno, zona de crecimiento, levitación, acceso a hacia el cielo.
Sin embargo hasta en el mas tentador de los humos  que salen de un horno existe la memoria, preciosa y terrible, del mas largo de los días: <<Aquel que transcurre sin comer>>, como decía Bertoldo. Y es justamente aquel miedo de la insuficiencia alimenticia lo que ha llenado siempre cantinas y almacenes.  Administrada con parsimonia y sabiduría ha protegido de los calambres del hambre. Diferentemente ha determinado la sobreproducción, el derroche, el deseo de excesos sobre los que se basan las partes de igualdad, la obsesión para acumular, que será mas adelante administrar, y entonces la propiedad, no mas en  función de la necesidad sino como símbolo externo de riqueza y poder; el alimento como propiedad privada, entonces, o sea fruto de privaciones ajenas, y privado en su contenido que se vuelve representación del propio estatus social y finalmente, por consecuencia, la mala distribución de alimentos, la dicotomía  alimenticia teorizada por la sub-cultura ligada al poder, aplicada a la cocina fascista, e infringida hoy a lo mas débil. Piensen en el hambre como instrumento para golpear minorías incomodas, o el hambre a la cual muchas industrias alimenticias envían inventarios incomibles y por ende invendible, el hambre monitoreada muy a menudo por los mismos países hambrientos.
Esta es la  dramática equivocación, esta actitud de rapiña es lo que hace que  la historia  sea una eterna confrontación, de llenos y de vacíos, de apetitos que junto al objeto del deseo crean antagonistas, enemigos, en una especie de ley comparativa según la cual uno es más solo si el otro tiene menos.
Donde comen dos, comen tres...dice un antiguo refrán. Nichiren agradecía siempre por el alimento y los abrigos que sus discípulos le enviaban, a pesar que en aquella época un monje no estaba obligado a hacerlo: <<He recibido los varios regalos que me enviaste con tu mensajero, incluyendo el kimono blanco de invierno y un kan de monedas...Agradezco particularmente los cacos, las peras y las algas frescas y secas>>. <<La vida misma –escribía- es él más precioso de todos los tesoros>>, y <<Ningún tesoro poseído por el ser humano es más precioso que los alimentos y las bebidas, que las vestimentas y las medicinas>>.
Porque la condición de necesidad, cuando llega a amenazar hasta el derecho de existir, destruye la base de la dignidad de la vida misma.















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APEGO AL PLACER
De  Gianna Mazzini

El gran
Tramposo

Primer Punto:
el gran tramposo tarde o temprano llega.

En el momento en que comenzamos a crecer, justo cuando la fe avanza, aparece el Demonio del sexto cielo. << Cuando encuentra alguien que busca el Camino trata de obstaculizarlo>> (Nichiren Daishonin, Carta a los hermanos).
Su meta es debilitar la condición de vida, impedir que la maravilla se cumpla. <<Realmente hay algo insólito en el subir y bajar de la marea, en el surgir y en la puesta de la luna y en el alternarse del verano, del otoño y de la primavera. También ocurre algo insólito cuando una persona común logra la Budeidad. En aquel momento los tres obstáculos y los cuatro demonios invariablemente aparecerán: el sabio se regocijará mientras que el estúpido retrocederá >> (Nichiren Daishonin, Los tres obstáculos y los cuatros demonios).
La aparición del Demonio del sexto cielo es justamente la prueba del crecimiento. El trata de desviar nuestra dirección. Nos muestra caminitos, veredas imprevistas. Quiere entorpecer nuestra oración, evitar
¿Solamente mío o para mí y para los demás? El egoísmo del placer es probablemente el enemigo más mezquino, justo porque aparentemente no nos hace sufrir. Trata de mantener eternamente situaciones fugaces, transforma en obsesión el cuidado hacia uno mismo, el deseo sexual o la búsqueda de riquezas. Sin embargo ampliando la perspectiva, pensando por ejemplo en el sexo como amor hacia otra persona, se puede disfrutar y alegrarse de algo que contrariamente quedaría solo un vulgar apego.
       
que vayamos hacia adelante. Quiere pararnos. Los métodos que utiliza, para lograrlo, son muchos, pero entre todos hay uno que es   particular.
No tiene el aspecto rabioso y acalorado de la ira, ni la expresión decaída de la tristeza, ni tampoco la voz elevada del poder. Así sería demasiado fácil reconocerlo. El tiene un bello aspecto.
Posee una de las técnicas más ambiguas para debilitar la condición de vida.
Se disfraza con los objetos que más nos gustan. Con lo que parece sinónimo de libertad.
El gran tramposo es el apego al placer.
 Segundo Punto:
reconocerlo es importante.

Porque es un obstáculo del corazón y  de la mente, una tendencia completamente  nuestra que hay que aceptar para no sufrir.
Sin embargo no es fácil entenderlo y tampoco hablarlo. Porque el placer no es algo objetivo, absoluto, es una sensación que puede estar ligada a miles de cosas diferentes. Y hasta puede cambiar con el tiempo.
Lo cierto es que está ligada al mundo de éxtasis. De inmediato vienen a la mente: el sexo, los placeres del cuerpo, el gusto de ganar plata, pero también de ir al gimnasio, de comer helado, el placer de perder tiempo, de esperar antes de actuar, de fumar un cigarro más, de jugar con la computadora, ir en lancha, viajar, darse una ducha, leer, quedarse en el chinchorro a pensar y  no hacer.   Todas bellas cosas.
El tiempo se expande. Estoy bien. Y si verdaderamente fuera a decir lo que siento diría solamente: quiero que nunca termine. Quiero que todo quede así como está. Que el tiempo se pare. Me siento dueña de todo este bienestar.
Pero siempre sucede algo: hay un momento en que pierdo el control, y empieza a mandar él... el apego.
En un determinado instante el gran tramposo llega y me hace olvidar la razón por la cual comenzó aquel placer. Por qué había empezado aquella caricia, por qué necesitaba aquel dinero, por qué me había recostado en la grama a descansar o me había sentado frente a aquel escritorio. Me hace olvidar la dirección de mis gestos. Me suspende, me quita del ritmo de las cosas y me hacer regresar sola. Y cuando se queda así, ¿para qué orar? He perdido los confines, creo que sólo ahora soy yo misma. Lo logró, el apego al placer me ganó. Porque su verdadero objetivo es éste. Alejarnos de la visión iluminada de la vida..
Sin embargo, estar en una bella situación, percibirla como estable o querer que dure para siempre es un poco como traicionar mi mejor parte, aquella que sabe que nada dura eternamente. Porque la vida es: cosas que cambian. La vida es: estados vitales que se alternan, el ambiente que nos rodea y que continuamente se transforma.
Cuando pequeños, están los abuelos, los padres, los amigos de los padres, las maestras del preescolar. Todavía no existen los amigos del bachillerato, los amores, los hijos que tendremos. Y aquella multitud de cosas bellas para vivir. Cada vez hemos tenido que volver a aprender  cómo superar los cambios.
Recuerdo muy bien el abrazo de mi madre y sé que, en esa época – tenia tres años – me hubiese gustado que no terminara jamás. Pero encerrada en aquel gesto, nunca hubiera habido espacio para más nada.
Este es el punto: no puedo parar el tiempo, porque así, dejo de vivir.
Tarde o temprano se confronta también con el apego numero uno: el apego a la vida por como es ahora y aquí. Aquella será la oscuridad más grande. La Iluminación es, también, descubrir la impermanencia de las cosas, es entender que todo cambia; la oscuridad es, en cambio, justamente el desear que todo quede así como está.
Daisaku Ikeda escribió: <<Yo considero que al comienzo de la pérdida de moralidad y ausencia de amor en el sexo, exista la visión materialista de la vida, que se manifiesta en la separación del cuerpo y del espíritu en el sexo: el sexo se vuelve nada más que una manera de encontrar placer>>.
El placer que se vuelve demonio, que paraliza y nos impide lograr la Iluminación no es una “cosa”, si no más bien un “como”. No es el sexo en sí, es más bien el sexo cuando se vuelve solamente un modo para usar el propio cuerpo separado de lo demás, separado de sí mismo.
El placer que se vuelve demonio y paraliza, no es el cuidado hacia nosotros, más  bien es la obsesión por la belleza o la exaltación por el lujo o el privilegio. Una manifestación  de poder y el deseo de dominar a los demás.
¿Pero cómo darnos cuenta, si mientras existe parece tan satisfactorio?
¿Cómo determinar cada vez ese pequeño cambio, el limite mas allá del cual aquella maravillosa cosa se transforma en otra, capaz de devorar el yo? Capaz de transformarse en una corriente impetuosa que arrasa con todos mis esfuerzos?
Es una sombra que obstruye la luz y me deja dentro de una impenetrable selva.

 Tercer  Punto:
¿cómo lograr salir?

El budismo dice que el control del yo se ejercita siendo siempre íntegros en cualquier cosa que se lleve a cabo. Estar presentes al cien por ciento. Sobre todo  mientras entonamos. La actitud frente al Gojonzon durante la entonación del Daimoku y del Gonguio es determinante.
Se pueden hacer horas y horas de Daimoku estando en otros sitios, allí con el cuerpo y la voz, mientras que la cabeza visualiza la decoración de la nueva casa, la disposición de los muebles, o recuerda un saludo de amor, recuerda la cara, los gestos y las palabras. Se ora por la mitad.
En cambio el secreto está en: estar totalmente dedicados a lo que se está haciendo. Íntegros, mientras se entona, pero también en el placer. Íntegros, en aquella caricia o en aquel juego, lo que significa no ver únicamente lo de uno, no olvidar la relación entre lo que estamos haciendo y la vida.
El placer no es un demonio de por sí. El sexo, por ejemplo, es la manera más bella para expresar el amor hacia una persona, es la manera de lograr el nacimiento de otros seres humanos. El cuidado del propio cuerpo es  un medio para decirnos que nos queremos, es una manera de reconocer que nosotros somos el castillo de la novena conciencia. También ganar dinero puede ser importante si es empleado para hacer algo bueno (<<si para lograr el kosen-rufu no se necesitara dinero no me  preocuparía>> - solía decir Josei Toda).
Todo depende del uso que se le da.
Se trata de probar,   salir de aquel círculo vicioso que termina por alimentar sólo a uno mismo.
Es el egoísmo el punto torcido.
Allí esta  también el salto. Se sale de la selva de ilusiones saliendo del egoísmo. Regresas a la vida cuando el placer ya no es solo el tuyo.
Estabilizando la práctica budista se estabiliza también la conciencia de que la vida no es el yo, si no el yo en relación con los demás. Entonces aquel placer se transforma en otro, un placer de otro nivel.
Entonces el apego se puede volver Iluminación.
¿El sexo? Si mientras amamos, nuestro placer esta ligado de verdad al placer del otro, allí está el salto.
Estoy aprendiendo a alegrarme de la importancia de las matas y  regarlas se volvió un placer, pero cuando lo hago sabiendo que estoy nutriendo a seres vivientes, allí está el salto.
Estar bien cuidados, elegantes, puede alimentar la vanidad pero puede también ser una manera de manifestar el respeto para los demás. Allí está el salto.
También la lectura de un libro puede esconder la semilla del apego, pero si lo que estoy leyendo pienso de poderlo compartir con otro, allí está el salto.
Estoy orando y cuando lo hago suelto las trenzas de mis pensamientos y percibo la relación con todo lo que me rodea. Allí está el salto.































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EL SUEÑO
                                                       de Manuela  Vigorita                                             

Las dulces armas del
Sueño

Buen descanso. Dulces sueños. Buenas noches.
Porque  dormir  bien, es tan importante como el comer. Y el sueño hace bien. Envuelve el cuerpo y la mente y con dulzura aplaca la ansiedad y el cansancio. Regenera y nutre. Casi te lleva lejos, en  lugares insólitos, en un espacio donde la gravedad ya no te permite sentir el peso de tu propio cuerpo, donde todo es posible y nada jamás tiene la responsabilidad de lo verdadero. Dormir bien es descanso. Un oasis que nos abraza como la caricia de una madre. Sentir el cansancio en los brazos, en los ojos, en las piernas, recostarse y dejar que el tiempo se expanda, abandonarse a una confianza inmensa: aquella del despertar. Aquella de reabrir los ojos y saber que todo comienza otra vez desde ahora. Con fuerza, deseo, con el poder renovado de una sonrisa. ¿Pero si el sueño, si este mágico señor que cada noche ofrece su don como un velo que brinda tregua a todos los males y a todos los bienes del mundo, no nos alivia?
Tengo sueño, tengo mucho sueño – No se porque, sin embargo estoy muy cansada y solo quiero dormir. Pareciera   repetir una vocecita adentro, capaz de hacernos desistir de cualquier decisión.
Es un mágico señor que regala descanso cada noche al mundo se vuelve un demonio, de día, o en los momentos difíciles, cuando seria necesario más que nunca, estar concentrados, despiertos, atentos. Las suyas son armas dulces, difíciles de reconocer. sin embargo, desarmarlo es imposible.

¿Si me da sueño en lo que termino de comer, a las seis de la tarde, a las once de la mañana? ¿Si me acompaña un sopor  que casi me derrite? ¿Qué ocurre si habiendo decidido anteriormente de hacer muchas cosas, ahora en cambio me asaltan las ganas de dormir, no pensar, relajarme, dejarme de toda esta ansiedad de combatir, de ganar, de lograr cosas?
Aquel que bien lo conoce, a este señor, sabe que no es solamente nocturno. Sabe que su velo a veces es como una droga. Que embriaga, que penetra en las articulaciones, las manos, los pensamientos. A menudo es un cansancio que acompaña cada gesto. Distrae. Es una fuerza que atrae como si quisiera llevarme lejos de aquí, de los problemas, de los momentos de dificultad y fatiga.
Cuando es una fuga, es difícil darse  cuenta de estar huyendo. ¿Y de qué?
De nuestros propios miedos,  a lo mejor,  de la necesidad que nos apremia, de experimentar el poder de la constancia, del coraje.
Huir de la responsabilidad, de las cuentas que cada uno tarde o temprano debe saldar con su propio presente y su propio futuro.   Con  los  sueños  y   las esperanzas defraudadas. Las ilusiones. Los errores. Difícil darse cuenta de que durmiendo se quiere solo huir de si mismos, o de circunstancias que, para ser cambiadas, requieren de un esfuerzo mayor.  Aquel de comenzar, determinación profunda,  continuar  y llevar a cabo los propios proyectos.
He aquí entonces todo el cansancio del universo, pareciera pesar sobre nuestros párpados. He aquí que el, el señor del sueño, estirando casi sus brazos, nos ofrece la salida mas rápida y sencilla entre  todas las huidas: dormir, y substraerse así, por poco tiempo, a la necesidad. Huir de la vida, como si de la vida pudiéramos, de verdad huir.
En el antiguo pensamiento egipcio el sueño era considerado una muerte temporal, restauradora, y fuente de vida.
También para los griegos Hypnos, el Sueño estaba ligado a Thanatos, la Muerte. Hermanos gemelos, el uno blanco y el otro negro, están representados en los brazos de la madre Noche. Es una simbología que se repite en muchas páginas de la literatura occidental: el sueño es una pequeña muerte así como la vida es una pequeña vigilia. << La vida  – escribe Giacomo Leopardi en el Cántico del Gallo –  hay que llevarla hora a hora, “descargándola” de vez en cuando, para recuperar fuerzas, y aliviándola  con un gusto y casi con una pequeña partícula de muerte>>. Una pequeña partícula de muerte necesaria para volver a encontrar cada día el placer de la vida.
El problema  está,  cuando este placer no esta tan claro. O no se presenta tal como un placer. Cuando los días, a menudo, los más importantes, requieren sudor y esfuerzos. Cuando nos damos cuenta de  nuestras propias tendencias y de la dificultad en cambiarlas, de cambiar pensamientos y  acciones. Aprender a ser un poco más. Cuando se necesita perseverar, avanzar no importa lo que pase, aunque nos cueste mucho y la meta nos parezca lejana. Es justamente en estos momentos, los mas críticos, aquellos en los cuales se necesitaría mayor atención, concentración y  energía, que la magia de este señor se vuelve el arma de un demonio en contra de nosotros. En contra de la vida. Se transforma en uno de esos engaños listos a obstaculizar la vista y el camino. Un engaño sutil, de sabor dulce, narcótico. El sabor de la libertad. De la rebelión  a las reglas del universo, según las cuales cada fruto de la tierra es el resultado de la fatiga con la cual hemos cuidado su aparecer. Dormir asume el aspecto de un libre albedrío que se opone a la necesidad del esfuerzo. El engaño encierra y distrae de la meta: mejor dormir, mejor no pensar, mejor dejar para mañana, pasado mañana, el mes siguiente; el despertar, el instante en cual decidir de verdad y cambiar el propio destino. En un prolongado  rechazo a vivir que bloquee cualquier cosa....es probablemente aquella de esperar que durante el sueño algo ocurra: que una fuerza diferente se libere dentro de nosotros,  nuevas ganas, una  nueva situación. La ilusión de que algo pueda cambiar a mejor, a pesar de que nosotros dormimos. A pesar de nuestras resistencias a cambiar o perseverar. Una ilusión que bloquea la vida. La adormece. Hasta que no viene descubierta. Hasta cuando la sabiduría y la experiencia nos lleven a comprender que nada mejora si nos quedamos parados, estáticos, si postergamos al infinito aquellas acciones capaces de mover las cosas.
El poder más grande de la vida es: poder actuar. Mover los objetos, cambiar los eventos, pasar de una condición de vida a otra. Aprender a reconocer en nuestra propia mente: el infierno, la avidez, la ira, la alegría de la bondad, la felicidad que nace de la sabiduría. Y aprender a decidir en cuál condición de vida vivir de momento en momento.
Cuando se muere, este poder desaparece. El poder de cambiar el propio karma, el poder  escribir con las acciones el propio futuro. Todo queda así como está, sin la más mínima posibilidad de mudar, hasta que nuestra vida  tenga otra vez la oportunidad de manifestarse.
El sueño también, justo como una pequeña muerte, es una corta suspensión del poder de nuestra vida. Tan necesario, como es necesaria la muerte,  pero capaz, a veces de pararnos, de dejarnos paralizados por instantes que tienen el sabor de la eternidad,  del silencio,  de la inmovilidad.
Es un demonio que tiene el poder de volvernos ausentes por horas y días.  Estoy ausente hacia mí y hacia los demás. Me contraigo, me acurruco, me retraigo. Con las ganas de casi desaparecer. Un demonio que ataca mi voluntad de despertar en mí,  la Budeidad. La sabiduría que necesito para sustentar y realizar mis deseos y los de los demás. Desvía mi tendencia a construir felicidad a mí alrededor.
Es el sueño que no me permite despertar a tiempo para recitar el Gonguio. El sopor que me aborda cuando estoy frente al Gojonzon y comienzo a pensar únicamente en  lo cansado que estoy, y que sería mejor descansar en vez de continuar a quedarme sentado así, con tan poca concentración. Es aquel cansancio que me envuelve justo cuando había decidido hacer cosas muy importantes.  Es tirarme en la cama a las tres de la tarde y despertarme a las siete, nerviosa, descontenta, consiente de haber perdido un tiempo valioso. Y, a lo mejor, dominada por aquel nerviosismo, pensar que ya el día está perdido, tanto vale continuar  dormir hasta mañana.
DESPERTASE: es un instante ILUSION  MÁS  GRANDE

 
Como cada demonio, se nutre de mi debilidad, y cuanto yo más me debilito más  él se refuerza. Mucho  más trabajo le requerirá, esta vez, a la vida poder rebelarse.



Muy a menudo con los demonios, es suficiente tener el coraje de mirarlos a  los ojos y desafiarlos. Reconocerlos. Reconocer que no, no estoy cansada por haber hecho muchas cosas, ni porque “estoy stressada” o porque necesito “verdaderamente” descansar. Estoy cansada porque actuar no siempre es fácil y hay mucha resistencia entre mi felicidad y yo.  Estoy cansada a veces justo a causa de mi inamovilidad, justo porque ya he dormido demasiado, y no hacer nada,  cansa. Estoy cansada porque es mi inútil manera de decir no, a la vida. Porque este momento requiere de mí, un salto, para ir más allá de mí pequeño ego, mis pequeños rechazos, dudas, miedos, egoísmos y mis pequeños placeres... también de mis pequeños cansancios. Saltar más allá de la pared que mi pasividad continua en construir día tras día. Porque hasta el quedarse parada, es una acción que escribe palabras en mi futuro. Aún  encerrándose dentro de casa y no contestando el teléfono o el intercomunicador,  y no querer que nada se entrometa entre mi rechazo a existir  y  yo,  igualmente se grava una marca en mi existencia.
Despertarse: es un instante. Es llevar a cabo una acción que comience a desmoronar la pared. Es no rendirse. Es continuar a entonar Nam-miojo-rengue-kio.  Continuar  decidiendo que mañana me despertaré a tiempo,  y en lo que suena el despertador,  abriré mis ojos,   bajaré mis piernas  de la cama y comenzaré mi día entonando el Gonguio. Es recordar que aunque duerma, aunque escoja, por poco  tiempo,   dejarme casi morir, nada de lo que me produce sufrimiento dejará de existir. Es percibir que dentro de mí existe la fuerza,  la sabiduría,  la capacidad de influenciar el universo. Es creer firmemente poderlo lograr.  Es recordarme de que mi Budeidad  es más fuerte de cualquier demonio,  que cualquier obstáculo.  Y que mas allá de esa pared hay un espacio de felicidad, y de una seguridad que no conoce limites a su propia expansión.  Es vivir días llenos de satisfacción, de alegres cansancios y de esfuerzos que no pesan.
Despertarse es también llegar a la noche satisfecho de lo que se ha hecho, sentir el cansancio, el verdadero, acariciarte los brazos, los pensamientos, las piernas y dejarse ir,  dejar que el cuerpo,  la mente y el corazón reposen de verdad, para continuar  mañana,  mejor que hoy,  mejor que ayer.
El demonio del sueño entonces baja sus armas, porque ya son inútiles e ineficaces. Y de nuevo se transforma en aquel mágico señor que cada noche regala a cada planta, a cada animal, a cada ser humano el descanso necesario.
La oscuridad deja que se enciendan todas las estrellas.
Buenas noches.  Esta noche.

























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EL MIEDO

 De  Lorena Camerini
Fuera la venda
De los
Ojos
<<T


 apiado en ti /es sólo noche>>.  Así empieza un poema de Rabindranath Tagore, premio Nobel en 1913.
El miedo es un poco así, como estos dos versos. Es algo que encierra, deja en la oscuridad, paraliza.
<<Es verdad – como afirma Vera Slepoj en Entender los  sentimientos – que el miedo tiene una función determinante para la sobre vivencia humana: cuando aparece, de hecho, produce una serie de modificaciones corporales que predisponen a la huida o a la agresión>>. Como la taquicardia, la producción de adrenalina y el aumento de la presión arterial.
Las reacciones de los seres humanos, entonces son las mismas de todos los demás animales, sin embargo, nuestra capacidad de asustarnos es mucho mayor que la de ellos. De echo - dice también Slepoj – <<a diferencia de los animales, que reaccionan al peligro inmediato y real, el hombre tiene miedo hasta del recuerdo o de la anticipación o de la imaginación de una situación peligrosa>>.
¿CÓMO ENFRENTAR LOS INNUMERABLES  MIEDOS QUE ESCLAVIZAN LA HUMANIDAD DE ESTE FIN DE MILENIO? TOMANDO EN CUENTA DE QUE ESTOS EXTRAÑOS JUEGOS DE LA MENTE PUEDEN SER CONTROLADOS SOLO SI SE ASUMEN HASTA EL FONDO LA RESPONSABILIDAD DE LA PROPIA EXISTENCIA, VIVIENDO LA INFINITA LIBERTAD DE QUIEN EXPERIMENTA CONSCIENTEMENTE  LA LEY DE CAUSA Y EFECTO.







Es suficiente con buscar en el diccionario: encontraremos una cantidad increíble de palabras que terminan por “fobia” (del griego phobos: temor). A parte de las fobias más conocidas  por ser las más difundidas, como la agorafobia (miedo a los espacios abiertos), la claustrofobia (miedo a los espacios cerrados),  el miedo a la muerte, al sucio, a las contaminaciones, al avión – hay otras que son verdaderamente “originales”.
Solo algunos ejemplos. Aereofobia: miedo morboso hasta del más mínimo soplo de aire en contacto con la piel,  que puede producir hasta crisis respiratorias;  Basofia: estado ansioso, que se produce por tener miedo de no poder mantener la posición erguida. Ecofobia, miedo obsesivo de quedar solos en casa; Eritrofobia, temor obsesivo de ruborizarse; Scopofobia, miedo obsesivo de ser observados; Tricifobia, miedo neurótico de pieles y pelos, hasta vegetales, etc.  ¿Parecen miedos inconsistentes, absurdos, verdad? En realidad, muchos de estos miedos, si no vienen tomados en cuenta a tiempo, pueden desembocar en verdaderas patologías mentales, como neurosis o psicosis.
Pero, cuántos de los miedos que aprisiona la humanidad de hoy, no podrían ser juzgados  igualmente ridículos e inconsistentes? Sin embargo todos nosotros, quien más y quien menos, somos víctimas de los mismos. Veamos de que manera.
En un mundo en donde la contaminación acústica es tan grave como aquella atmosférica, donde a diario venimos ensordecidos por despertadores eléctricos, aspiradoras, lavadoras, taladros, sierras eléctricas, teléfonos, radios, televisores, vehículos, motos, aviones – nosotros tememos el silencio. Hay quien se rompe los tímpanos caminando por la calle con el walk-man, quien en cambio se los destroza en una discoteca con dosis letales de decibeles, quien no logra dormirse sin el insulso vocerío de la tele en el oído.
El miedo al silencio va a la par con otro gran  miedo de nuestros tiempos: el de la soledad. Se tiene miedo de estar únicamente en compañía de uno mismo, y entonces se trata de quedar lo más posible entre los demás, se sale de shopping para los centros comerciales, nos agrupamos en las discotecas, se viaja únicamente en  viajes organizados. Hasta quedarse en  la cola del tráfico, nos hace sentir menos solos...
Miedo al silencio, miedo a la soledad: miedo a pensar. Miedo al silencio en nuestra propia cabeza  y a pararse para escuchar los propios pensamientos.  Miedo de mirarse en el espejo y decirle, a la imagen ahí reflejada: <<Estoy aquí.  Soy yo. ¿Pero...quién soy YO?>> Miedo a mirarse adentro, mirarse de verdad hasta el fondo, y darse cuenta de que no todo lo que vemos nos gusta.
La otra cara del miedo a mirarnos adentro es el miedo a mostrarnos a los demás por lo que verdaderamente somos, y ahí entonces la necesidad de utilizar máscaras.
¿Una sociedad basada en la imagen? No: ¡vivimos en un carnaval perpetuo!
Como dice Antony De Mello, en su Mensaje para un águila que se cree un pollo: << Personas que llegaron! ¿Llegaron a  dónde? Llegaron a hacer el ridículo. Porque emplearon todas sus energías para lograr algo  que no tiene ningún valor. Están asustadas y confundidas,  son títeres como todos los demás.  Mírenlos, mientras se pasean por el escenario. Miren como se turban en notar una pequeña mancha en la camisa. ¿Y esto lo llaman éxito? Están controlados, manipulados. Son personas infelices, miserables. No disfrutan de la vida. Están constantemente tensos y ansiosos. ¿Y eso lo llaman ser humano? ¿Saben por qué todo eso ocurre? por una única razón: se identificaron con una etiqueta. Identificaron el “yo” con el dinero, el trabajo, la profesión. Este ha sido su error>>.
Después está aquel miedo del cual nadie puede hartarse de no tener: el miedo a la muerte. Siempre ha existido, desde la aparición del primer ser humano sobre la tierra, sin embargo hoy este temor es aún más profundo, como observaba FranVois Mitterand en el prefacio a La muerte amiga de Marie de Hennezel: << ¿Cómo morir? Vivimos en un mundo que tiene miedo a esta pregunta y por ende la evita. Otras civilizaciones,  antes que nosotros, miraban la muerte a la cara. Delineaban, para su comunidad y para el individuo,  el camino del pasaje. Daban riquezas y sentido al cumplimiento del destino. Probablemente la relación con la muerte nunca ha sido tan pobre como en estos tiempos de aridez espiritual, cuando los hombres,  en la prisa de existir,  parecieran querer eludir el misterio, ignorando que  así están extinguiendo una fuente esencial del gusto por la vida>>.
El elenco de los temores del hombre del 2.000 podría continuar al infinito. Pero detengámonos aquí, y miremos más bien cuáles instrumentos ofrece el Budismo de Nichiren Daishonin para combatir y vencer este gran enemigo.
Comprender profundamente el concepto del Karma nos ofrece una primera y potente arma para enfrentarlo.
Al comienzo es desconcertante pensar de que todo, en la vida, depende exclusivamente de nosotros: puede parecer mucho más confortante creer que nuestra felicidad o infelicidad dependa de las personas que nos rodean, de un Dios, de un destino ya marcado en el cual no podemos cambiar ni una coma, porque de esta manera nos descargamos de cualquier responsabilidad. Por lo contrario asumir que suerte y mala suerte, sufrimiento y felicidad, todo aquello que nos ocurre no es más que el efecto de causas positivas o negativas que hemos puesto en el pasado, en un primer momento nos asusta aún más: nos damos cuenta que estamos solos, completamente solos y únicos responsables de nuestra existencia. Ya no podemos culpar a nada y ni a nadie, no podemos  aferrarnos mas a ningún motivo, ni llorar sobre ningún hombro,  menos todavía confiar en la clemencia de ninguna entidad superior.
Sin embargo, en la medida en que nos entrenamos a vivir según la estricta ley de causa y efecto, esta gran soledad de nosotros mismos frente a nosotros mismos se transforma en una  gran libertad.  Es verdad,  el pasado  está todo grabado en la octava conciencia, no nos lo podemos sacudir de encima y continuamos  recibiendo los efectos día tras día, instante tras instante. Sin embargo todavía depende de nosotros y solamente de nosotros el quedar esclavos de estos efectos para siempre, vivirlos con una fatalidad ineludible, o si así queremos tomar en nuestras manos la vida, nos volvernos realmente artífices de nuestro destino.
Es posible hacerlo. Porque el karma  no es sólo el pasado y los efectos que continuamos sufriendo: el karma es también – y sobretodo, en su concepción Budista – la acción que estamos cumpliendo ahora y aquella que hemos decidido cumplir y cumpliremos mañana.
<<En el Gojonzon  esta inscrito también: “Para el presente y para el futuro” – recordaba Daisaku Ikeda a Los Angeles en el 1990 – para esto sirve la fe, para esto sirve la Ley budista. Cuando veneramos el Gojonzon, la vida eterna del tiempo sin comienzo emerge desde adentro de nosotros. Para aquel que cree en el Gojonzon,  cada día,  cada instante empieza desde el tiempo sin comienzo. Nos estamos siempre moviendo, llenos de esperanza, desde hoy hacia el futuro, desde este instante hacia la felicidad eterna. Somos siempre jóvenes, siempre a punto de empezar>>.
Con la práctica de Nam-miojo-rengue-kio esta manera de pensar no se queda en pura teoría, una hipótesis fascinante escondida en lo más recóndito de la más rara filosofía. Esta manera de pensar no queda como tal: se vuelve una manera de sentir y de vivir gracias a la prueba real. Esta es, nuestra segunda potente arma.
Después de infinitos años pasados a identificar nuestros aspectos negativos (defectos, debilidades, miserias), pensando: <<Así soy y no puedo cambiar, no cambiaré jamás>>, a la luz de la practica budista comenzamos a ver nuestras tendencias negativas debilitándose cada vez más, siempre más controlables, menos desastrosas. Nos damos cuenta de que dentro de nosotros esta ocurriendo una transformación. La prueba concreta quita el miedo, que lleva a la inamovilidad y a la resignación, y da esperanza y confianza.
En Carta a Niike Nichiren Daishonin afirma: <<Obtener la Budeidad no es nada extraordinario. Si entonas Nam-mijo-rengue-kio con todo tu corazón serás dotado naturalmente de los treinta y dos aspectos y de las ochenta dotes del Buda. [...] El huevo de un pájaro en su comienzo es pura agua, pero de esta agua, sin la intervención de nadie, se desarrollan un pico, los ojos y todo lo demás, y al fin un pájaro que vuela en el cielo. También nosotros, aunque tengamos un cuerpo vil, encerrado en la cáscara de la ignorancia, incubados por la entonación de Nam-miojo-rengue-kio desarrollamos el pico de los treinta y dos aspectos del Buda y las plumas de sus ochenta dotes y podemos volar en el cielo de la absoluta realidad>>.
Esta es, la tercera potente arma que poseemos: entender profundamente que un  común mortal es un Buda y un Buda es un común mortal, como reveló la revolucionaria enseñanza del Sutra del Loto. Un Buda no es más que un ser humano iluminado a la verdadera entidad de la vida y de la muerte, cuya condición de vida es la felicidad absoluta, la cual abarca el  universo entero, libre de las cadenas del karma, libre de cualquier miedo. Un ser humano que ha “entendido” que problemas y sufrimientos son partes de la vida, mas bien: son necesarios, porque nos permiten, a través de la lucha que emprendemos para superarlos,  evolucionar cada vez más. 
A la final, tiene razón De Mello cuando dice: <<No existe mal en el mundo que no pueda ser atribuido al miedo. Ni siquiera uno. Ignorancia y miedo, ignorancia causada por el temor: es desde aquí que proviene cada mal, es de aquí que proviene la violencia>>.
Ignorancia significa no conocer, no saber, no ver. Tener los ojos vendados, incapaces de verse con objetividad y amor a sí mismo, a los demás, al mundo, a la vida y a la muerte. El Budismo de Nichiren Daishonin es una práctica para quitarse la venda de los ojos, y dejar que la vida fluya con inmensa energía y coraje y se expanda hasta los confines del universo.
Para vencer el miedo, entonces, queda una sola cosa por hacerse, la misma sugerida por Tagore en su conclusión del poema citado al comienzo: <<Abres los ojos / afuera de ti / encontrarás luz infinita>>.



















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DUDA Y REMORDIMIENTO


Las rosas
Que no
Recogí
S


obre la duda se construye el progreso del ser humano. Si el primate, nuestro progenitor, no hubiese dudado de que un pedazo de hueso pudiera ser usado como arma – pensamiento que, en la película 2001 Odisea en el espacio simboliza la evolución – probablemente, nosotros no estaríamos aquí razonando. Si a Kepler
 no le hubiesen surgido dudas sobre la exactitud de los cálculos de los movimientos planetarios, estaríamos todavía regocijándonos con la idea de que la tierra, y por ende el Hombre (probablemente también blanco y occidental) fuese el centro del universo.
La duda relativiza, nos permite redimensionar los absolutos, ser más humildes, aceptar las diferencias, abrirnos al diálogo y a las buenas ideas. Hasta aquellas, absolutamente negadas por las apariencias, como el hecho, por ejemplo, de que la suma de los ángulos internos de un triángulo no sea 180 grados, sino algo más o menos, según el tipo de curvatura del espacio.
Si la duda y la incertidumbre, no hubiesen sido adoptadas como base fundamental de la mecánica cuántica – con el principio de indeterminación de Heisenberg, que produjo inicialmente pánico y graves crisis existenciales entre los exponentes del mundo científico - , no podríamos explicar casi nada de la física subatómica.
Se dice muy a menudo, que el filósofo para trabajar necesita papel y lápiz, el científico necesita también de una papelera, justo porque pone en duda sistemáticamente cualquier cosa, verificando la exactitud de los datos basándose en ciertas reglas, listo a emprender nuevos caminos, si el que se ha recorrido no es satisfactorio.
El método crítico del estudioso, que se abstiene del aceptar o del formular juicios o verdades sin antes haberlos examinado, y hasta tanto que la prueba evidente no es acertada, es definido “duda metódica”, o sea la suspensión voluntaria (o sistemática) de la verdad, comúnmente admitida, para buscar el fundamento, demostrarla, reconocer sus limites, darle su verdadero valor.
Podemos decir que ésta continua verificación esta también en la base del Budismo de Nichiren Daishonin, cuya validez viene comprobada diariamente en la vida de cada creyente. Es lo que comúnmente se define como “espíritu de búsqueda”; son las grandes preguntas las que empujaron a Shakyamuni a indagar sobre las causas del sufrimiento y a llevarlo a fundar una nueva religión. La duda, fue crucial también  en la base del recorrido espiritual de Nichiren, que así se expresó al comienzo del tratado La abertura de los ojos: << ¿Por qué los dioses no me asisten? Las varias autoridades guardianas del cielo juraron frente al Buda [de proteger al Devoto del Sutra del Loto]... ¿El hecho que no lo hagan, significa probablemente, que yo no soy el Devoto del Sutra del Loto? Esta duda es el punto esencial de este, mi tratado. Y ya que es de importancia capital para mi vida, lo evidenciaré varias veces y lo profundizaré antes de tratar de contestarles. >> (Las escrituras de Nichiren Daishonin, vol. 1 pag. 117).
El problema entonces no es la duda, sino el sentimiento que la genera. Hasta este momento, hemos hablado de construcción, de búsqueda, de profundización. En otras palabras, de una actitud dirigida hacia el futuro.
Precioso instrumento de crecimiento y de profundizacion, la duda puede ser el propulsor de increibles saltos hacia delante. Pero tambien de largas esperas si se transforma en aquella prision del espiritu, que muy a menudo crea el miedo y la falta de confianza en sí mismo. Produciendo asi una larga serie de derrotas y arrepentimientos
El aspecto negativo de la duda, su función paralizante, es aquella expresada en su misma definición: <<Estado de incertidumbre y de perplejidad (de la mente y del espíritu), por el cual no se posee un juicio seguro, una opinión exacta, una decisión convencida, como  tampoco se está en  condición de creer, conocer, actuar con firmeza, confianza, constancia o satisfacción>>Gran diccionario de la lengua italiana.
Esta incertidumbre de la mente, incesantemente incluida en las preguntas <<Lo habré hecho bien, o, lo habré hecho mal>> o <<Hago esto o aquello>>, incapaz de formar juicios y de actuar consecuentemente, podría por ejemplo, ser tomada, desde el punto de vista budista, como un bloqueo en la relación entre el individuo y el ambiente, como un mal funcionamiento de los cinco componentes – forma, percepción, concepción, voluntad y conciencia -.
La indecisión lleva a la pasividad, a la sumisión, a la insatisfacción. A una vida que se deja vivir, no a una existencia dirigida y consciente. A la parálisis en el presente y al remordimiento del pasado, como escribió Guido Gozzano en la poesía Cocotte: <<No amo sino a las rosas / que no recogí>>.
¿Qué es lo que genera todo esto? Seguramente el temor de cumplir alguna acción sin la garantía del éxito, el miedo de perder, o de equivocarse, pero probablemente también el egoísmo, la arrogancia, la dificultad de aceptar ser cuestionados.  En último análisis, la falta de confianza en sí mismo, y por  consecuencia,  en los demás.

Una convicción absoluta

La actitud opuesta, o sea aquella de la absoluta certeza de aquella acción en aquel instante, lleva a resultados admirables. Las crónicas cuentan por ejemplo, de una mujer frágil que logró levantar un camión que había atropellado a su hijo, mientras Nichiren Daishonin del General Tigre de Piedra, que clavó  una  flecha en una roca confundiéndola por el tigre que había matado a su madre.
Vittorio Zucconi cuenta en su D, el suplemento femenino de la revista La república, la historia de una muchacha que saliendo de un supermercado, fue amenazada por un violador armado con un picahielos. La mujer lo trató amablemente, lo invitó a su casa, le preparó la cena, lo puso a hablar, lo hizo sentirse cómodo y a la final el hombre se hizo llevar a otro sitio, y la dejó libre sin haberla ni siquiera tocado.
¿Qué hubiese ocurrido, si en vez de mantener esa actitud, ella hubiese, por un momento, prestado oído a su miedo y a las dudas que seguramente se agitaban en su interior?
En una autopista a 130 Kms. por hora explota un caucho. Silencio de ultratumba. Momentos cruciales, en los cuales el chofer logra llevar el auto a salvo al canal de emergencia, ¿Qué hubiese ocurrido si uno o más pasajeros se hubiesen dejado llevar por el pánico?
Las escrituras budistas exhortan a volverse dueños de la propia mente donde “mente” indica el núcleo del ser humano, la totalidad de sus funciones intelectuales y emotivas. En realidad, entonces volverse dueño de sí mismo, construir internamente aquella solidez que Nichiren define “el palacio de la novena conciencia”, la Budeidad. Creer en la propia Budeidad, significa creer en sí mismo. Esto es lo que significa la frase: <<Ninguna duda equivale a fe>>.
Es construir también, la conciencia de que esta Budeidad es el sutil hilo, que une cada fenómeno del universo, según el principio de Shojo jisso, “La verdadera entidad de todos los fenómenos”, también definido Ichinen Sanzen o “tres mil condiciones en un instante de vida”. Esto equivale a creer que, cuanto mayor es nuestra convicción, tanto más fuerte serán los efectos sobre nosotros mismos y sobre el ambiente.
Si, como sustentan los meteréologos, las batidas de las alas de una mariposa en la selva amazónica, pueden influir en el clima del planeta entero, imaginémonos las consecuencias de las decisiones de un ser humano en hacer o no hacer una determinada acción.
<<La vida en cada instante abraza tanto al cuerpo como al espíritu, tanto al yo como al ambiente de todos los seres pensantes, en cada uno de los diez mundos y de los tres mil mundos, como también a las plantas, al cielo y a la tierra, hasta llegar a la más pequeña partícula de polvo. La vida en cada instante, impregna el universo y está revelada en todos sus fenómenos>>. Escribe el Daishonin en El logro de la Budeidad en esta existencia.
Seguramente, es mucho más fácil reconocer este poder intrínseco de la existencia en los momentos cruciales, donde se trata de vida o de muerte, porque en tales circunstancias, no hay otra alternativa o la posibilidad de postergar. Mucho más difícil, es superar la cotidiana parálisis de la duda y las frecuentes angustias del remordimiento.  Incertidumbres, indecisiones que nos arrastran por meses, años. Que desgastan. Crean insatisfacciones, destruyen la confianza en sí mismo.
¿Cómo combatir estos enemigos sutiles pero potentes, estos “ladrones de la vida”?
Otro nombre con el cual se define la fuerza vital que emana de la entonación de Nam Miojo Rengue Kio, podría ser aquel de “coraje”. Un coraje, una energía que deben  transformarse en una iniciativa – que puede expresarse en los tres niveles de pensamientos, palabras y acciones concretas –, un coraje que tendrá su éxito, no porque tenemos alguna garantía de antemano, si no más bien, en la medida en que le damos valor a nuestra oración. Lo que es también, el metro mediante el cual, podemos evaluar la eficacia del camino espiritual que hemos escogido.
Sin actuar, es imposible cambiar el karma, construir la propia autoreforma. El Budismo queda entonces como una filosofía abstracta y no un instrumento práctico para realizarnos nosotros mismos. Una teoría para entender, no un medio para cambiar y para vivir una existencia sin remordimientos.

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IRA
de  Daniela Di Capua

Para destruir
O para
Defender

<<C ántame oh Diva de el Pelide Aquiles, la ira funesta, que infinitos lutos procuró a los Aquei...>>. Así recitan los primeros versos de La Iliada de Homero, poema maravilloso y sin tiempo, que arranca justamente con la ira del invencible guerrero Aquiles.

¿Qué es lo que extrae su ira? Un hecho personal: la pérdida de un joven para él muy querido, occiso por el enemigo Ettore.
Un dolor más que comprensible, sin embargo, acompañado por un deseo de venganza que desencadenará en dramáticas consecuencias. En este caso, entonces, la ira se manifiesta como efecto de un sentimiento de dolor.
Sin embargo, ¿es así para todos? En realidad, a la pregunta de <<¿Cómo definirías la ira?>>, obtenemos respuestas  aparentemente similares; Según T., la ira es una acción violenta – física o verbal- desencadenada por una falta de sensibilidad en quien esta frente a nosotros, o por una excesiva rigidez; B., la percibe como una pérdida de control, un impulso violento que hace sufrir tanto a quien la recibe como a quien la manifiesta, y que nace de una diferencia de puntos de vista; V. la considera una justa y comprensible reacción. L. en cambio, identifica la ira con un ciego rencor hacia quien amenaza su ego, una manera para defenderse...
De hecho, que se justifique o no, se tiende a definir la ira, en sus diferentes manifestaciones, como una respuesta a algo que ocurre alrededor de nosotros.
Muy a menudo considerada una reacción a eventos externos, en la realidad, la ira es mas bien una manera de ser, desleales, arrogantes, egocéntricos. Es una concha de duro sufrimiento, difícil de romper, que se desmorona sólo con la fuerte determinación de percibir a los demás como parte integrante de si mismos.










T’ien-t’ai , en Maka shikan, afirma: <<La persona en el Reino de Ashura (ira) siente un irresistible impulso en prevalecer sobre cualquier otro. Como el halcón que vuela alto en el cielo en busca de su presa, mira abajo, hacia los demás, respetándose sólo a sí mismo. Muestra superficialmente una especie de bondad, de rectitud, de sabiduría y de fe, y puede hasta mostrar una primitiva forma de integridad moral; Sin embargo, en su interior es un monstruoso Ashura>>. Y Nichiren Daishonin añade: << La perversidad, es el mundo de ira>>. De esta manera se evidencia que, más profundamente se habla de la ira como una manera de ser  más que como una manera de reaccionar.  Aquel que es dominado por la ira, de hecho, busca y consigue fácilmente a su alrededor pretextos que le permiten manifestar lo que prevalentemente es él: egocéntrico, arrogante, egoísta, agresivo. En esta condición el individuo se concentra sólo en sí mismo, no toma en consideración la existencia de más nadie, más bien opera exclusivamente por su propio interés personal.
Sin embargo el egocentrismo, o sea, el colocarse a sí mismo en el centro del propio ambiente y por ende del mundo entero, no es sino el resultado de una percepción distorsionada de la realidad, una incapacidad de verse a sí mismo en relación con el todo, ignorando su propia verdadera naturaleza.
Sin embargo el enorme edificio construido por la arrogancia, es frágil como un castillo de arena: el gran Ashura, que Nichikan Shonin describe de alto 84.000 yujun (un yujun corresponde a 30 kms.), es derrotado con las mismas armas que él utiliza para subyugar a los demás. << Un hombre arrogante será vencido por el miedo, cuando encontrará un fuerte enemigo – escribe Nichiren Daishonin en Carta desde Sado – justamente como el estrepitoso Ashura, que se acurrucó y se escondió en el capullo de una flor de Loto en el lago Munetchi, cuando fue amonestado por Taishaku>>.
La arrogancia no es, sino otra manera para defender aquel pequeño yo sobre lo que creemos tener que basar toda nuestra estima, y al cual pensamos tener que quedar agarrados con las uñas y dientes. En tales circunstancias, la ira no es más que miedo; miedo de perderse a sí mismo al enfrentarse con quien es diferente, miedo de no reconocerse en un mundo que no se entiende, miedo de no poderse liberar del sufrimiento siempre al asecho. Y entonces, se trata continuamente de aparentar ser mejor de lo que se es, a mostrar cualidades que no se poseen, a no ser nunca sincero consigo mismo y mucho menos con los demás.
A primera vista – como indicaba la anterior afirmación de T’ien-t’ai – es extremadamente difícil reconocer a una persona que tiene la tendencia vital de la ira: en el primer contacto se mostrará, en la mayoría de los casos, extremadamente abierta, disponible, respetuosa, para después manifestar, en los momentos en los cuales ve en peligro su liderazgo, su verdadera naturaleza. Escribe Daisaku Ikeda en el libro Unlocking the Misteries of Birth and Death: Buddhism in the Contemporary World: Nichikan Shonin escribió: “La ira vive en los océanos”. Las olas incontenibles del océano y su tremendo potencial de destruir cualquier cosa en pocos segundos, pueden ser consideradas una descripción del yo belicoso y prepotente, que es el signo característico de la ira>>.
Y ya que el ambiente en el que nos movemos refleja constantemente nuestra manera de ser, y nuestra manera de ser necesita justo de aquel ambiente para manifestarse, nos dejamos atrapar en un círculo vicioso alimentado por nosotros mismos.



        Cada   vez   más  solos

Quien vive así quedará cada vez más solo.
¿Qué hacer, frente a una faceta tan obscura y destructiva del propio yo? Seguramente el primer paso consta en mirarse en el espejo, en el reconocerse y descubrirse afectados por esta...”enfermedad”, en luchar para curarse, eliminando los límites entre los cuales hemos aprisionado a nuestro verdadero Yo.
Pero ¿qué medio tenemos para frotar la lámpara y liberar nuestro inmenso potencial, reprimido por la ira en el “mínimo espacio vital” del pequeño yo como decía el genio en la película Aladin?
El gran instrumento es la entonación de Nam Miojo Rengue Kio.  ¿Pero es suficiente? como siempre, depende de nuestra meta. Porque podríamos entonar Daimoku para volvernos más “fuertes” todavía, y aplastar más aún a los demás. O para demostrar a cualquier costa que tenemos razón. Y en general, para sustentar nuestra “maldita” tendencia de sentirnos súper hombres o súper mujeres. etc., etc.
Esto, a parte de no ser una actitud budista, no hace más que aumentar nuestro sufrimiento, porque de todas maneras no logramos obtener nada, (probar para creer), y nos obstinamos en el  logro de objetivos “chimbos”, bien lejanos de ser fuentes de felicidad y auto-reforma.  Y a la final, dejamos de practicar el Budismo. Probablemente este es justo el aspecto, mediante el cual, la ira se identifica como uno de los ejércitos del Demonio del sexto cielo, y ésta es su naturaleza falsa y “oscurecedora”.
La verdadera “clave”, es aquella de entonar Nam Miojo Rengue Kio con la meta de abrirnos al mundo, para salir del duro caparazón construido por nuestro egoísmo. Usando el Daimoku como un pico, para desmoronar el muro que nos rodea y lograr salir afuera, para “percibir” verdaderamente a los demás y hacernos “percibir” por los demás por lo que realmente somos. <<Seáis personas de corazón puro>>.  Así Ikeda animaba a los muchachos y muchachas italianas en el poema Jóvenes, toquen la campana del nuevo renacimiento.
Aquel que tiene el corazón puro, no les tiene miedo a los demás, no necesita esconder sus debilidades y no trata de mostrarse diferente a lo que es. Es así como es, y desea mejorarse, cultivando sus propias cualidades y transformando sus defectos. Vive <<feliz y tranquilo>>, con los demás, entre los demás, para él y para los demás.
Y entonces su ira se transforma en empeño, determinación, rechazo a la injusticia, instrumento de solidaridad para con quien sufre. Se vuelve al espíritu de hacerse cargo de los sufrimientos ajenos, de quien “no se lava las manos”. De quien <<moviéndose entre la gente común dentro de los seis senderos, se humilla, y exalta a los demás, tratando siempre de dirigir el mal contra sí mismo y el bien hacia los demás.>> (Nichiren Daishonin, Causalidad en los diez estados de la vida). Se vuelve la fuerza y la convicción de un verdadero Bodisathva.




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ÉXITO Y GANANCIA
De  Francesco Dettori

¿Son estos los
Valores?

Cuadro de texto: ¿Sobre cuáles bases juzgamos la felicidad de los seres humanos? Es extremadamente peligroso considerarse personas realizadas sólo por poseer cierta seguridad económica o una posición en la sociedad. Si no se cultivan los “Tesoros del corazón” no se poseen los instrumentos para reaccionar valientemente ante  los inevitables altos y bajos que la vida nos lleva a enfrentar. 





<<A



veces podemos nacer como seres humanos y gozar de posiciones de prestigio como gobernantes, ministros, aristocráticos – escribe Nichiren Daishonin – podemos inclusive, complacernos de eso pensando que no existe nada más gratificante en el mundo y nos conformamos con la pequeña recompensa recibida. Sin embargo, el Buda enseña que tal prosperidad esta hecha de la misma sustancia de los sueños; es un placer ilusorio. Deberíamos entonces abrasar el Sutra del Loto y obtener rápidamente la Iluminación>>. En otro escrito suyo, Los tres tesoros, se lee: <<Más preciosos que los tesoros de un cofre, son los tesoros de los cuerpos, y antes de los tesoros del cuerpo vienen aquellos del corazón. Desde el mismo momento en que estarás leyendo esta carta esfuérzate para acumular  los tesoros del corazón>>.
En la enseñanza del Daishonin – como, de hecho, en toda la enseñanza budista  -  la felicidad de cada ser viviente nace y se desarrolla alrededor de un acercamiento          “profundo” a la vida: seguramente no podrá ser medida por los indicadores “externos” (del tipo: riqueza, estatus social, belleza, capacidad intelectual o artísticas, etc.). Y una de las primeras conquistas del practicante debería ser el comprender que existen dos tipos de felicidad: la relativa y la absoluta.
Sin embargo hay que tener cuidado con la vida cotidiana. Más bien, sería un imperdonable error alejarse de ella. Daisaku Ikeda insiste muy a menudo en la importancia de una práctica que ponga las personas en condición de transformar positivamente los propios sufrimientos y los propios límites, así como valora la importancia de realizar grandes cambios y manifestar concretamente el valor de la enseñanza budista. Un análisis superficial podría definir como anti-éticas estas dos posiciones: por una parte concentrarse sobre los “tesoros del corazón” y por la otra, tratar a toda costa de realizar concretamente las propias aspiraciones.  Pero este tipo de reflexión es equivocado porque se basa en un pensamiento dualístico, separador. El Daishonin enseñó que los resultados concretos nacen de profundos cambio internos que los han determinado: no importa mucho la grandeza o la apariencia del resultado en si, más bien en cambio el crecimiento interior que lo hizo posible, superando límites y dificultades que antes de entonces, podían parecer hasta insuperables. Así como la alegría que proviene de haber logrado resultados importantes, aunque significativa, no corresponde necesariamente a la felicidad que emerge del mundo de la Budeidad.
Una de las tareas más difíciles para quien avanza en la práctica del Budismo es seguramente el lograr orientarse en la realidad, percibiendo la naturaleza más profunda de lo que ocurre.
Aquel que nace y crece en una sociedad del bienestar debe rendir cuentas con expectativas, modelos e ideales que se radican en lo profundo de esta realidad. Tal “filosofía” puede ser resumida en las ecuaciones de bienestar y comodidad con felicidad, y de tranquilidad y descanso con paz y serenidad: aquel que se esfuerza para realizar riqueza y fama podrá obtener todas las facilidades disponibles; además, podrá gozar de períodos merecidos de descanso y paz, igualmente disfrutará de una vejez tranquila y confortable.
Ikeda es muy crítico con la sociedad japonesa – probablemente también esto no lo hace ver muy simpático ante los ojos de los japoneses – porque ésta valoriza excesivamente la riqueza, el poder y la fama. Sin embargo, sería superficial no tomar en consideración el sentido emblemático del ejemplo japonés por una tendencia típica también en nuestra sociedad. <<A veces, los seres humanos pueden parecer muy inteligentes, pero muy a menudo pueden ser extremadamente estúpidos – escribe Ikeda – Por ejemplo mucha gente considera, casi automáticamente, aquel que reviste un rol importante en la sociedad como una persona afortunada. O admirable quien es famoso, o digno de respeto quien posee mucho dinero. Este tipo de percepción es puramente ilusorio. ¿Pero entonces, quién es verdaderamente afortunado? ¿Quién es digno de respeto? ¿Quién es honesto e íntegro? Estas son preguntas difíciles, pero pueden estar seguros de que la apariencia exterior no tiene nada que ver con la respuesta>> (Diálogos con los jóvenes, IV parte, El tiempo del desafío y de la construcción - II).
El ejemplo de Nichiren Daishonin seguramente no es de aquel monje budista que se enriqueció por su posición, o que gozó de fama y honores. Por lo menos, en el transcurso de su vida. Contrariamente al llevar una existencia transcurrida en los límites de la supervivencia, constantemente perseguido el jamás a dejado de manifestar sus convicciones y de ofrecer  continuamente apoyo a sus discípulos, afirmando con orgullo y convicción: <<ser el hombre más feliz del Japón>>. También Toda, Makiguchi  e Ikeda – los presidentes de la Soka Gakkai – no son seguramente personas que han llevado una existencia tranquila, basada en acumular riqueza y reconocimiento.  Aunque es verdad, que en cierto sentido, en el caso de Ikeda hay que subrayar una diferencia sustancial. El, de hecho ha proseguido la obra de sus predecesores logrando valorizar no sólo sus grandes méritos, mas también aquellos de la Soka Gakkai Internacional, con su particular empeño de representante laico de una gran organización budista, y como líder dedicado en primera línea a la realización de la paz en nuestro planeta. Los reconocimientos y los honores que le vienen conferidos de cada parte del mundo, se han vuelto el reflejo, y no seguramente la causa, de este empeño, en sintonía con el Daishonin que afirmaba: <<Una mala fama se difundirá a lo largo y a lo ancho, pero una buena reputación llegará más lejos aún, sobre todo si es una reputación de devoción al Sutra del Loto>>, y <<Cuando una persona, capaz de mostrar una clara prueba concreta en su presente, difunde el Sutra del Loto, habrá otras personas que creerán>> (Mayor Writings of Nichiren Daishonin, volumen VII, pagina 102).
Entonces, la cosa más importante es no confundir los medios con los fines. Si el perseguir  objetivos importantes, posiciones de prestigio o la acumulación de bienes materiales se vuelven un fin, se puede estar seguro de que se está haciendo todo... menos que perseguir la Budeidad, aunque esté sustentado por una práctica constante. Y viceversa, si ponemos tales resultados  en un segundo plano, con respecto a la propia “revolución humana”, dedicándonos sinceramente a la realización de la paz sobre la base de las enseñanzas budistas (Kosen-rufu), se transforman en espléndidas pruebas concretas del poder de la práctica del Budismo. La Soka Gakkai, en cierto sentido, podría ser entendida como una especie de “Bodisattva colectivo”. Un único mosaico compuesto de millares de “diferencias”, los honores de una pieza de este Bodisattva son los honores de todos, y todos son capaces de disfrutar la felicidad de los demás.
La fama (con el deseo de ganancia) se vuelve “demonio” cuando una persona se interesa sólo en su propio bienestar personal, más que desarrollar una elevada condición de vida, la sabiduría y un caluroso humanismo. Sólo una continua revisión de la dirección emprendida y de nuestras motivaciones puede permitirnos vencer las ilusiones que emanan del apego a los deseos mundanos. Deberíamos siempre preguntarnos: ¿cuánto estoy desarrollando mis capacidades y cuánto las estoy valorizando para contribuir a la felicidad de los demás? Además, deberíamos vivir cotidianamente asumiéndonos la responsabilidad de transformar positivamente la realidad que nos rodea, actuando concretamente y sinceramente en tal sentido. En la óptica budista, tal sinceridad se refleja en evitar que tales acciones sirvan únicamente como paraban al perseguimiento de objetivos egoístas.
<<Es tan difícil conservar la vida como el rocío en la grama – escribe Nichiren en Tres tipos de tesoros – sin embargo es mejor vivir un solo día con honor, que morir a los 120 años en desgracia. ¡Esto es importante! Vive de manera que todas las personas de Kamakura alaben a Shijo Kingo por la devoción de su Señor al Budismo y por la bondad de ánimo hacia los demás>>.

Los ocho  vientos

<<El hombre sabio – afirma Nichiren – no se deja desviar por los ocho vientos: prosperidad, decadencia, honor, deshonor, alabanza, crítica, sufrimiento y placer.  No se exaltará en la prosperidad ni se quejará en el declive>>. Explicando este escrito, Ikeda evidenció la función principal de los “demonios”: alejar a las personas de la práctica correcta del Budismo. Por esta razón, el Daishonin animaba repetidamente a sus discípulos a perseverar en la práctica de la fe, avisándoles de las pruebas que tendrían que enfrentar.
En Carta a Niike escribe: <<Lo mismo es verdad por los seres humanos: cuando caen en el infierno y se asfixian entre las llamas, desean ardientemente nacer como seres humanos y juran renunciar a todo para servir a los tres tesoros y obtener la Iluminación en la próxima existencia. Sin embargo después, hasta en las raras oportunidades en las que logran renacer con forma humana, los vientos de la fama y de la fortuna, soplan impetuosos y la lámpara de la práctica budista se extingue con facilidad>>.
La búsqueda de fama y riqueza se puede volver fácilmente la causa del abandono del camino budista, porque crea ilusiones con respecto al verdadero aspecto de la Budeidad. Esta, en cambio, nace del corazón y se manifiesta en un yo libre y fuerte, que actúa constantemente para la felicidad de todas las personas. Quien vive así de libre, no teme a las dificultades, más bien, las enfrenta con coraje y empeño sobre la base de una sabiduría que emana directamente de la fe.
Mientras fama y fortuna pueden desaparecer fácilmente, así como es inevitable en el momento de la muerte, no ocurre lo mismo  para quien, abrazando sinceramente las enseñanzas del Buda, logra gozar y progresar frente a cualquier circunstancia de la vida. 
 



































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ORGULLO Y DESPRECIO
De  Massimiliano Tarozzi


Con la  Guerra
Adentro                   
L



                       
a acción más nefasta del Demonio del sexto cielo (Tenjin-ma),  es aquella que se manifiesta a través  de la opresión que ejercen  personas de poder  sobre los creyentes. En la tradición budista  el poder viene ejercitado, tanto en el bien como en el mal, por el trío: soberano, maestro y padre.                      
Cuando el gobernante de una nación o su gobierno, niegan la libertad de religión, o ponen fuera de ley la  practica del Budismo, (como por ejemplo lo ocurrido en China en el VI y IX siglo), cuando un padre repudia al hijo a causa de su fe (como en el caso de los hermanos Ikegami, destinatarios de las escrituras de Nichiren Daishonin Carta a los hermanos), cuando un alto cargo del clero budista propone interpretaciones arbitrarias de las enseñanzas con el fin de oprimir una parte de la comunidad de los creyentes, en todos esos casos estamos frente a la acción del demonio del sexto cielo.
Símbolo de poder, el Demonio del sexto cielo encuentra en este décimo ejercito su mejor expresión. Que se manifiesta en una obsesiva afirmación del yo a través de la prevaricación y de la escasa consideración para con los demás. Es de esta manera como el Demonio se opone al fundamento básico de nuestra religión, la igualdad de dignidad de todos los seres en cuanto todos son la manifestación de la vida y poseedores de la naturaleza de Buda.












Existe entonces una estrecha conexión entre la acción del más tremendo de los demonios y el poder.
Nos exponemos a la perfidia de este demonio cada vez que existen acciones dirigidas a la conquista y a la conservación del poder. Es evidente, a esta altura, que el arma que utiliza el décimo ejercito del Demonio del sexto cielo es justamente la del orgullo y la del desprecio hacia los demás. Así como también está claro que el orgullo y el desprecio hacia los demás no pueden ser comprendidos en todo su potencial destructivo fuera de un contexto de poder desnivelado.
El orgullo no es sólo el coraje de las propias capacidades o de una complaciente conciencia de los propios méritos. Lo que, en su justa medida no sería de por sí negativo y más bien puede representar un válido estímulo para el auto-mejoramiento y para asumir responsabilidades en la comunidad, contrastando aquellos nocivos  sentimientos de inferioridad o de falta de auto-estima que muy a menudo paralizan la iniciativa de la persona. Pero el orgullo asume también y sobre todo, un aspecto negativo cuando se transforma en exceso de apego al yo, que induce a considerarse de alguna manera superior a los demás, sobrestimando las propias capacidades y los propios méritos en comparación con los demás.
En esta segunda referencia el orgullo, la exagerada consideración del yo o, lo que es lo mismo, el desprecio hacia los demás, dependiendo del punto de vista  que se escoja, se vuelve un terreno fértil para la manifestación de las funciones negativas de Tenji-ma. Allá donde las personas no son respetadas y los individuos se consideran superiores a los demás, el poder tiránico se afirma, se propagan la intolerancia, la desconfianza y el odio, se enfrentan los opositores a través de persecuciones y opresiones. Es solamente en un ambiente social carente de respeto hacia las personas y de reconocimiento de sus valores, que el décimo ejercito del Demonio del sexto cielo puede generar al mismo tiempo víctimas del poder tiránico y carniceros en nombre de aquel poder.
Los ejemplos que la historia humana nos ofrece son innumerables. Es fácil en este caso pensar en gigantes del mal, como Hitler, Caligula y los otros emperadores romanos que sacrificaron a los primeros cristianos y Hei No Saemon, el preceptor de Nichiren; pero el ejército del desprecio hacia los demás encuentra un fértil terreno también en las actitudes cotidianas de nosotros, personas ordinarias del siglo XX que vivimos en el Occidente desarrollado. Los grandes males nacen siempre de episodios insignificantes, de actitudes casi inofensivas, de comportamientos no ponderados que sin embargo dejan espacio a aquella "trivialidad del mal", de la cual hablaba Hanna Arendt que si llega a expandirse, es capaz de generar devastaciones como el holocausto nazi.
El décimo ejercito de Tenji-ma actúa en las formas atenuadas de racismo (de aquellos que anteponen los juicios más despreciables del tipo <<yo no soy racista pero...>>); en el esnobismo de ciertos intelectuales encerrados en sus torres de marfil, que desdeñan la comparación con quien no comparte aquella misma cultura “libresca”; en la incapacidad de discutir y aceptar puntos de vistas diferentes, propio de quien esta acostumbrado a dar ordenes siempre; en el silencio cómplice de quien no reacciona a la opresión; en pocas palabras en eventos de banal tragedia como aquel magistralmente descrito por Robert Altman en un episodio de la película América hoy, en la cual una alegre patota, durante una excursión de pesca, encuentra en el río el cuerpo de una mujer occisa, pero para no echar a perder la excursión,  los amigos deciden ocultar el cadáver con frialdad y cinismo.

La  igualdad  budista

Sin embargo, nada esta más lejano del budismo que las discriminaciones y las desigualdades entre los seres humanos. La teoría de Ichinen Sanzen  asigna a cada manifestación de la vida, una naturaleza iluminada y descubre la red de relaciones que unen entre ellas todas las personas y sus ambientes sociales y naturales, fundando así, un principio de igualdad, para asumirlo como un principal factor de la realidad misma. La igualdad entre todos los seres humanos, en otras palabras, es lo que se entiende y se vive a través de la practica budista. El impacto de esa conciencia de igualdad es definitivamente más fuerte que cualquier ideal político, moral o que cualquier derecho humano declarado internacionalmente por la constitución de una nación o por las leyes de un país.
Shakyamuni fué un pionero en oponerse resueltamente a las injusticias de la sociedad Hindú, organizada jerárquicamente en cuatro castas, propugnando la igualdad de todos los seres humanos.   Ashoka, el gran soberano budista del siglo III a.c., inspiró su gobierno, uno de los más vastos imperios de la historia hindú, a una absoluta igualdad, respetuosa de las diferencias étnicas, religiosas, sociales. Alrededor del mismo período la minoría griega, era considerada por los hindúes una raza inferior (sí, justo los griegos: aquellos que llamaban “bárbaros” todos los que no hablaban su lengua) y fuertemente oprimida y discriminada. En aquella situación, muchos griegos se convirtieron al Budismo, porque encontraron en él, comprensión, respeto y plena aceptación.
Nichiren Daishonin, coherentemente con aquellos que representan uno de los pilares de la enseñanza budista, proclamó la absoluta igualdad entre los seres humanos y entre éstos el mismo Buda: <<Entonar Mioho-rengue-kio – escribía en el Gosho La herencia fundamental de la vida – con la conciencia de que no existe ninguna diferencia entre Shakyamuni iluminado en el lejano pasado, el Sutra del Loto que es el camino de la iluminación de todos los seres, y nosotros comunes mortales, se llama herencia de la Ley fundamental de la vida>>. Cualquiera que piense de ser superior a otro y en nombre de tal superioridad cultive un sentimiento de desprecio hacia otra persona, en realidad se esta ubicando a sí mismo, más arriba del mismo Buda Shakyamuni y de Nichiren. Más aún, considerar que exista una distancia insuperable entre nosotros comunes mortales y Nichiren Daishonin, o pensar que somos diferentes o separados entre nosotros, significa interrumpir la herencia de la Ley fundamental de la vida y muerte, renunciar a la posibilidad de compartir el recorrido hacia la obtención de la Budeidad.
Todos nosotros mortales comunes, somos la entidad de Miojo-rengue-kio que confiere a nuestra vida aquella dignidad y santidad que nivelan hacia arriba todas las diferencias. Es obvio de que todos somos diferentes, y tal diferencia representa la riqueza   del mundo y su inestimable tesoro humano, pero compartimos la misma dignidad.
Esta afirmación, que en apariencia pareciera una declaración abstracta de principio, está más bien cargada de consecuencias muy prácticas. Antes que nada, ninguna discriminación entre las personas puede ser justificada sobre la base de las enseñanzas Budistas. Cosa muy poco común si se considera cuantas religiones, ideologías y culturas, en el transcurrir de la historia, han dado base a peligrosas mistificaciones como la existencia de una raza elegida, de una etnia inferior, la sumisión de las mujeres, los privilegios de un grupo social, la represión de una sub-cultura.
Johan Galtung ha subrayado con mucha eficiencia el potencial del Budismo en la creación de la paz, encontrando,  justo en él, la premisa para el  respeto para todos los seres humanos, por la consideración por las masas populares y por su realidad contraria a reconocer el poder de cualquier elite.
<<En el Budismo no existe ningún tipo de elegido, el hombre, que origine, por ejemplo, cualquier tipo de crueldad y de represión hacia las mujeres, incluyendo la discriminación. [...]
No hay ninguna raza elegida – los blancos, por ejemplo, o los amarillos – que origine de hecho el racismo, la esclavitud y el colonialismo. [...]
No existe ningún pueblo elegido o país elegido/a, por ejemplo el país donde nació el Buda o en el cual desarrollo su obra, que origine el nacionalismo o el imperialismo. [...]
Tampoco existen clases o castas elegidas – como rey y gobernantes, militares o comerciantes, con poderes especiales y privilegios – que originen la represión, el aprovechamiento   y la discriminación. [...]
Tanto menos pueden existir grupos de personas elegidas, como los verdaderos creyentes, que originen cualquier tipo de crueldad hacia los no-creyentes, la inquisición, etc.>>
Ya en el siglo XIII en Japón, el Daishonin enseñaba, apoyándose en las enseñanzas budistas mahayanas, la perfecta igualdad entre los dos sexos: <<No deben existir discriminaciones entre aquellos que propagan los cinco caracteres de Miojo-rengue-kio  en el ultimo día de la Ley, sean ellos hombres o mujeres. Si no fueran Bodhisattvas de la Tierra, no podrían ni siquiera entonar Daimoku>> (La verdadera entidad de la vida). Esta declaración fue muy importante, considerando la influencia de la religión en la sociedad. Pero también una afirmación particularmente innovadora si se piensa que en el Nuevo Testamento, el evangelista, describiendo la enorme multitud de personas que se había congregado para escuchar el celebre discurso de la montaña de Jesús, escribía que se habían reunido miles de personas <<sin contar los animales y las mujeres>>.

Hacia  la  democracia de la fe
 
Si el Demonio del sexto cielo ataca la comunidad de los creyentes utilizando el ejército del orgullo y del desprecio hacia los demás, tejiendo alianzas con aquellos que gestionan el poder de manera autoritaria, por el otro lado la naturaleza iluminada responde con los ejércitos de la igualdad y el respeto, que encuentran en la democracia y en el dialogo la manera de organizar la relación y la participación de los individuos.   La igualdad budista y el respeto hacia la persona basado sobre  el esfuerzo de contener el apego al yo, lleva a la inevitable derrota al ejército del Demonio del sexto cielo. Por ende, también el poder viene completamente despojado de su potencial de opresión, aprovechamiento y discriminación, para dejar espacio donde quiera, a formas de “poder suave”. Lo mismo ocurre también en la organización de los creyentes budistas.
Richard Causton, desaparecido presidente de la Soka Gakkai británico, en un panfleto suyo, incluía la igualdad absoluta y el respeto por la individualidad de cada persona entre los pilares que deberían sostener una organización budista y que permiten crear una organización basada en una autentica “democracia de fe”.
Raramente las comunidades religiosas han realizado este principio pero muy a menudo han tratado de legitimar como dogmas, mentiras que servían para imponer autoridad de algunas personas sobre otras, pretendiendo de alguna manera  justificar su superioridad. A pesar de que tales creencias no sean extrañas ni siquiera a la historia reciente de la comunidad budista, no encuentran espacio en sus enseñanzas. En la escritura Las catorce calumnias, se lee:<<No importa cuánto una persona puede ser humilde, si su sabiduría es sólo un poco más grande que la tuya, deberías preguntarle sobre el significado y el espíritu del Sutra del Loto>>.




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